lunes, 15 de diciembre de 2008

La esencialidad de las almas

Interesante entrada (sobre todo para los que dominan el francés, pero no sólo).

sábado, 13 de diciembre de 2008

Id ¿y predicad?

Después de la reflexión de Antonio Javier sobre el cristianismo como agente desacralizador, habría que pensar en nuestra situación, en nuestro mundo. Quizá el primer apostolado sería, como vio G.K.C, no convencer al hombre de la existencia de Dios, sino convencerlo de la existencia del propio hombre. La pasión por la vida, por cada persona en sí misma, el aprecio sincero de "lo otro", la donación desinteresada de uno mismo (no por proselitismo, como recuerda Benedicto XVI en Deus Caritas Est), reflejaría el rostro del Padre, aún sin predicación ni apostolado directo. El amor por lo pequeño y humilde y sin contrapartida. De tal manera que lo sagrado (el Reino) se note como un clima, se pueda "tocar" (encarnación), como un estilo, mucho antes, incluso en vez de, el anuncio de Jesús. Que a lo mejor no todos deben emprender. El "id y predicad" se lo dijo a los Apóstoles. Las bienaventuranzas, en las que no aparece ni rastro de encargo apostólico, a una multitud.
Y lo más importante: nada en esa actitud debe ser visto como un medio. No hacemos buenas obras para ser salvados, sino porque la salvación ya ha empezado a operar en nosotros.
A este respecto recuerdo a dos amigos del colegio. Uno de ellos le preguntó: ¿por qué te preocupas por mí y por mis cosas? respuesta del otro: para ir al Cielo. Y el primero le dijo: pues entonces déjame en paz, para eso te sirve cualquier otro. Jamás se me olvidará esa breve conversación.
Mirad lo que dice, al final de la tercera respuesta, este "evangelizador a tiempo completo".

Cambiando de tercio. Entre las mil y una cosas de las que hablamos Antonio Javier y yo el otro día –frente a una tostada de jamón, café, y copa navideña de anís–, estuvo también el judaísmo y su relación escatológica con el cristianismo y la salvación. ¿Qué opináis de esta entrada de Julio Martínez Mesanza?

jueves, 11 de diciembre de 2008

La Razon que se abre al Misterio III

El misterio es la razón elevada a su enésima potencia. El misterio es la sobreabundancia desbordante del logos. Por eso la razón es más plenamente ella misma cuando se confronta con el misterio. La razón no combate por ganarle espacio a una instancia hostil; ahonda en su seno, profundiza en su entraña y percibe cómo se trasciende a sí misma. Su centro, el punto al que se dirigen sus múltiples tentativas y experiencias dispersas, está a la vez dentro y fuera de ella. Por eso la razón puede reconocerse en el misterio aun cuando advierta allí un límite que no puede franquear. A la luz del misterio la razón puede entender por sí, en el ámbito natural, realidades que posiblemente le estarían vedadas si sólo fuese razón. Creo que esto es, con todas sus insuficiencias, un argumento favorable a la fe. No quiero negar ni difuminar la diferencia entre lo natural y lo sobrenatural. Pero hemos de tratar de evitar la imagen de los dos pisos, arriba y abajo, separados de por sí y unidos por una sencilla escalera. Hay, me parece, una dinámica interna de la razón natural que la empuja a sobrepasarse y vencerse. Hay, a su vez, en la luz de la fe un reencuentro de la razón natural consigo misma. Tal vez la razón sin la fe siempre esté por debajo de sus posibilidades naturales. La naturaleza plena sólo se daría, barrunto, inserta en la sobrenaturaleza, internamente orientada a la sobrenaturaleza ¿Habríamos llegado los occidentales a nuestra noción metafísica, ética y jurídica de persona sin la constante revisión del misterio trinitario en la tradición cristiana? ¿Hubiera podido nacer nuestra ciencia, nuestra técnica, sin la fe de Israel en la creación de la nada por la Palabra, sin la hiperconcentración de todo poder numinoso en el Dios único y trascendente? La Biblia ha sido y es la gran potencia desmitificadora, desacralizadora, que conoce la historia ¿Los maestros de la sospecha? Por favor, relean a los profetas y no encontrarán crítica más mordaz de la superchería religiosa.

miércoles, 10 de diciembre de 2008

La Razón que se abre al Misterio II

Creo que en algún lugar dice Scheler que la hazaña del pensamiento especulativo moderno no ha sido sino ésta: que la filosofía dejase de ser la doncella predilecta de la teología para convertirse ahora en la importuna y malquerida sierva de la ciencia natural. Pero las cosas han avanzado mucho y la graciosa sentencia de Scheler se nos queda corta. La filosofía ha conseguido el portento de hacerse su propia esclava, rehén de sí misma, sin por eso arañar un ápice de señorío. Sí, desde que la verdad es una reclusa reaccionaria, la filosofía se autoexamina, se espulga, se remira y deconstruye... para quedarse al fin con la triste y reiterativa nada que fue su inicial basamento ¿Por qué? Porque teme la alteridad impositiva e irreductible de las cosas, porque ha confundido la luminosa verdad en que se entrega el ser con la certeza que se conquista en un acto de furtivo pillaje. Sencillamente no sabemos recibir, hemos olvidado la gratuidad. La razón se ha convertido en una febril operaria: conecta, desconecta, vincula, supone, deduce, refuta...Hay que dar un paso atrás, hay que esperar y contemplar. La atención es fundamental (releamos a Simone Weil), la atención es el silencio orante de la inteligencia. Es una facultad que roza lo sobrenatural. El sujeto se vacía por completo de sí y se anonada en el objeto que le sale al paso. No sólo ve el objeto, estremecido intuye su “salir al paso”, su estar aquí y ahora, su ser ante mí humilde y gallardo. Entonces brota del corazón un amor por todo cuanto es mínimo y simple, un amigable impulso de solidaridad con lo creado que imperceptiblemente conduce al Creador.

domingo, 7 de diciembre de 2008

La contracepción, el Magisterio, y el Cardenal Montini

Ya que estaba en la Buhardilla (ver entrada anterior), dejé mi miguita de pan.

La crisis en las órdenes religiosas

Aunque se refiere a Norteamérica, este texto del Cardenal Rodé tiene mucha miga. Y la selección de enlaces de La Buhardilla de Jerónimo (a la derecha en su página), utilísima.

viernes, 5 de diciembre de 2008

Ídolos

"Es del todo punto inútil y absurdo decir a un hombre que no debe bromear con los temas sagrados. Y es inútil y absurdo por una razón muy sencilla: porque no hay tema que no sea sagrado. Cada instante de la vida humana es trascendental. Cada paso, cada movimiento de un dedo posee una importancia tan enorme e incluso tan horrible que cualquiera podría volverse loco con sólo pensar en ello. Si está mal bromear con nuestro lecho de muerte, también ha de estar mal bromear con la empanada de ternera, pues, si la perseguimos con demasiada devoción, puede tener mucho que ver con que acabemos en él. Si está mal bromear sobre un hombre moribundo, también lo estará bromear sobre un hombre cualquiera, pues todos estamos muriendo con mayor o menor rapidez". Y sigue, a su estilo, Chesterton.

Con esta cita de la recopilación de artículos que ha publicado Ediciones Espuela de Plata (marca blanca de Renacimiento), me viene a la cabeza la idea del cristianismo como un ateísmo. Así debió parecérselo a los gentiles que recibieron el Kerigma, pues ese dios desconocido del Aerópago que Pablo señaló, y que aún no conocían, vendría para desbancar a todos los demás dioses. Y, progresivamente, con la extensión del cristianismo, se sucedería una lenta secularización de todos los órdenes de la existencia. "No llaméis señor a nadie en esta tierra, pues uno sólo es vuestro Dios y Señor". En el momento cúlmen de la Pasión, el velo del templo de Jerusalem se rasgó en dos mitades, dejando expedito el camino al sancta sanctorum para todos. Con la Encarnación, ya no hay cosa sagrada. Es decir, ya no hay algo más sagrado que lo demás, pues todo lo es. Toda la realidad es sacramental, y el universo un inmenso tabernáculo. Y resonando en el aire brama el sermón de la montaña, diciendo para conocimiento de todos que a partir de ahora lo más sagrado que existe es nuestro prójimo, el más cercano, y en especial el más desvalido. Se podría decir (y se dice): con la excepción de la Eucaristía. Pero la Eucaristía es la acción de gracias por la Revelación del Padre en el Hijo, a través del Espíritu, y lo que el Hijo vino a comenzar es el llamado Reino de Dios. Y el Reino de Dios lo esbozó Jesús en el sermón de la montaña: estos, mis hermanos más pequeños.
El proceso que desencadena el cristianismo de derrocamiento de ídolos alcanza, ha de alcanzar, también a los ídolos inmateriales, a la imagen que tenemos de los otros, de nosotros mismos. Incluso a la propia visión que tenemos de la "práctica" de la fe, que necesita, más que ninguna otra cosa, ser desenmascarada continuamente como falsa, para construirse de nuevo. Quizá por eso leemos, discutimos, pensamos: porque nos inquieta la sospecha de que adoramos a ídolos.


P.S: Y no me refiero al concepto de desprecio del mundo, o de las criaturas, con el derrocamiento de la idolatría. No tienen nada que ver. De hecho, normalmente el mejor modo de no tomar algo por un dios es estrecharlo tan fuertemente contra el pecho que, al final, se rompa. Pero antes hay que estrecharlo. Nada en este mundo es suficientemente apreciado por nosotros, de hecho, la Parusía podría imaginarse como un resplandor que no sólo provendría del Esposo que llega, sino del cántico de las criaturas todas que presienten su cercanía, aparecidas por primera vez a nuestros ojos con todo su valor, con todo su peso (San Agustín decía que el amor era el "peso" (pondus) del Universo). Y esta idea de lo inagotable de cada cosa, de cada criatura, y de que la regeneración de un hombre produce una mayor capacidad para apreciarlas, es una de las vetas profundas de la obra de Chesterton (anterior a su conversión, como se ve en la cita más arriba, que es de un artículo juvenil).

jueves, 4 de diciembre de 2008

La Razón que se abre al Misterio

Ya lo decía sabiamente nuestro compañero citando al incisivo Gómez Dávila: el dogma, en su formulación, no agota sino que afianza y protege el espacio santo que habita el misterio. Y el misterio, venía a decir, arraiga en la experiencia del que se entrega a la aventura de la fe.

Pero ¿cómo puede comunicarse esa experiencia de apertura a la realidad íntegra? ¿Cómo decir esa entrega confiada al misterio fundante de todo ser, conocer y amar? ¿Cómo explicar ese gozo incipiente, ese pre-gusto de lo que aquí creemos y esperamos en espíritu de caridad? ¿No hay acaso ya en la fe un anticipo, un saboreo previo e inarticulable de la gloria que anhelamos? ¿Cómo se comunica ese don? ¿Cómo se hace partícipes a los otros, a los alejados, de esa gracia? Sí, ya sé, es y no es tarea nuestra, pues Dios es el sembrador.
Sin embargo, no dejan de producirme una sensación extraña, de horror y piedad entremezclados, ciertos fenómenos. Imaginad una inteligencia preclara, ágil, escrutadora y vigilante a la que, sin embargo, le falta ese horizonte último del misterio; una razón que no es capaz de ver las cifras en que, ocultándose, se revela el fondo místico del ser. Hay algo de monstruoso en ello ¿Acaso no serán eso los demonios? Una inteligencia que frustra su natural deseo de otredad, una razón solipsista que no abre las manos al don del ser, que en contra de su esencia se cierra en su propia vaciedad y contradice así su tendencia más íntima: acoger las cosas en su verdad. Si la inteligencia inflamada por la caridad e iluminada por la fe es como un organismo vivo, algo fuerte y vigoroso que crece en terreno adverso y asimila lo extraño ¿Qué diremos de la razón absolutamente secularizada, abandonada a sí misma, llevada por sus solas fuerzas? Esta razón que alardea de su adultez da la impresión de lo mecánico frente a la vitalidad a la que antes me refería. En el mundo fabricado por esta razón no se percibe la novedad incesante del ser que se estrena a cada momento, no se escucha el pálpito secreto de las cosas, su pujanza ontológica, su afirmación en la existencia y su dichosa recreación. Es el mundo desustanciado y gris en el que el hombre grita su soledad inmensa. Como diría Nietzsche: se ve llegar la pleamar del nihilismo.

martes, 2 de diciembre de 2008

Enlace paulino

Aquí (o acá, que dice Hernán).

El pecado y el cristianismo

“La intuición verdaderamente central del cristianismo es el pecado” –dice Schlegel.

Replica Novalis: “¿No debería ser el pecado solamente el No-Yo del cristianismo, algo que el cristianismo produce annihilando?”