
Después de tanto tiempo sin visitar el blog, vuelvo con un asunto del que hasta hace cierto tiempo me hubiera dado un enorme reparo hablar (diría más bien vergüenza): la Virgen Santísima, María, la pobre doncella de Nazaret que con su "hágase" posibilitó la encarnación del Verbo de Dios.
A mí me ha costado acercarme a María. Era para mi incipiente cristianismo una carga que soportar, un obstáculo que no sabía cómo vencer. Podía acercarme en la oración a Jesús. Mi corazón amaba o creía amar a Jesús. Al menos existía la diminuta semilla de una fe que sólo Dios sabe en qué acabará. En Él, en Jesucristo, habita corporalmente la plenitud de la divinidad, es el Mesías esperado, el alma vivificante del Reino, el que viene de Dios destinado a la redención y liberación del hombre. Hubo un momento en mi vida en que parecieron disiparse todas las dudas y dificultades. Parece mentira ¡los caminos tan inesperados que le llevan a uno a la fe! Me abría de repente a una verdad gozosa y tremenda: Jesús, el Hijo bienamado, en el que podemos confiar, al que podemos entregarnos desde la alegre exultación o el oscuro sufrimiento. Perdonad que acumule adjetivos, que yuxtaponga frases, pero es que cuando se escribe el nombre de Jesús uno se siente como compelido y obligado desde dentro a glosar y glosar su infinita riqueza.
Pero resultaba imposible dirigirse a María. Había una resistencia terca, obstinada. Mi asentimiento a las verdades dogmáticas era vacío e irreal ¿Por qué la Iglesia me exige "además" esto? Tales creo que eran mis pensamientos.
Quizá uno descubra a María en el proceso de maduración de la fe. No sé si las palabras que utilizaré son acertadas, pero digamos que uno encuentra en la Virgen la garantía de las promesas del Salvador. Ella es el modelo de la fe perfecta. La plenitud de la acción santificante del Espíritu, que eleva a la criatura a una íntima participación en la Gloria del Altísimo. Ella es el horizonte al que ha de tender nuestro ser; ella ha alcanzado lo que sustenta y nutre nuestra esperanza: ser en Dios, por Dios y hacia Dios.
Recuerdo haber visto en un libro de teología trinitaria la fotografía de un relieve que, visto así de pronto, podía resultar escandaloso no ya para un protestante, sino para el más fiel católico. El relieve representaba a la Trinidad Santísima y, creo recordar que en su centro, aparecía la figura de la Madre de Dios. Al momento te sacude la perplejidad: esto sí que es idolatría, aquí se resumen todas las obscenas hipérboles del catolicismo romano. Pero no, detengámonos y meditemos. El tal relieve es espléndido, es figuración de la plenitud escatológica. Esa mujer acogida en el seno de la Trinidad puedo ser yo y espero ser yo. En María se cumple lo que pedimos incesantemente en la oración, contemplamos lo que se nos anticipa en los sacramentos. María, Inmaculada y Asumpta a los Cielos, es la Humanidad redimida que goza en un éxtasis inefable la vida intradivina, la Gloria de la Trinidad. Somos (en María lo descubrimos) vida en la Vida, vida que crece sin desmayo y progresa sin pausa en la Alegría, en la Felicidad siempre renovada de Quien fue, es y será.
P.D. He tenido que vencer ciertas reticencias para publicar este texto: ¿será demasiado personal? ¿habré caído en la ridiculez y extravíos de ciertos predicadores marianos? ¿me habré despeñado hacia (permitidme el neologismo)lo pío-beato-sentimentaloide? Espero que no sea así.