jueves, 19 de febrero de 2009

Sobre la Virgen María


Después de tanto tiempo sin visitar el blog, vuelvo con un asunto del que hasta hace cierto tiempo me hubiera dado un enorme reparo hablar (diría más bien vergüenza): la Virgen Santísima, María, la pobre doncella de Nazaret que con su "hágase" posibilitó la encarnación del Verbo de Dios.
A mí me ha costado acercarme a María. Era para mi incipiente cristianismo una carga que soportar, un obstáculo que no sabía cómo vencer. Podía acercarme en la oración a Jesús. Mi corazón amaba o creía amar a Jesús. Al menos existía la diminuta semilla de una fe que sólo Dios sabe en qué acabará. En Él, en Jesucristo, habita corporalmente la plenitud de la divinidad, es el Mesías esperado, el alma vivificante del Reino, el que viene de Dios destinado a la redención y liberación del hombre. Hubo un momento en mi vida en que parecieron disiparse todas las dudas y dificultades. Parece mentira ¡los caminos tan inesperados que le llevan a uno a la fe! Me abría de repente a una verdad gozosa y tremenda: Jesús, el Hijo bienamado, en el que podemos confiar, al que podemos entregarnos desde la alegre exultación o el oscuro sufrimiento. Perdonad que acumule adjetivos, que yuxtaponga frases, pero es que cuando se escribe el nombre de Jesús uno se siente como compelido y obligado desde dentro a glosar y glosar su infinita riqueza.
Pero resultaba imposible dirigirse a María. Había una resistencia terca, obstinada. Mi asentimiento a las verdades dogmáticas era vacío e irreal ¿Por qué la Iglesia me exige "además" esto? Tales creo que eran mis pensamientos.
Quizá uno descubra a María en el proceso de maduración de la fe. No sé si las palabras que utilizaré son acertadas, pero digamos que uno encuentra en la Virgen la garantía de las promesas del Salvador. Ella es el modelo de la fe perfecta. La plenitud de la acción santificante del Espíritu, que eleva a la criatura a una íntima participación en la Gloria del Altísimo. Ella es el horizonte al que ha de tender nuestro ser; ella ha alcanzado lo que sustenta y nutre nuestra esperanza: ser en Dios, por Dios y hacia Dios.
Recuerdo haber visto en un libro de teología trinitaria la fotografía de un relieve que, visto así de pronto, podía resultar escandaloso no ya para un protestante, sino para el más fiel católico. El relieve representaba a la Trinidad Santísima y, creo recordar que en su centro, aparecía la figura de la Madre de Dios. Al momento te sacude la perplejidad: esto sí que es idolatría, aquí se resumen todas las obscenas hipérboles del catolicismo romano. Pero no, detengámonos y meditemos. El tal relieve es espléndido, es figuración de la plenitud escatológica. Esa mujer acogida en el seno de la Trinidad puedo ser yo y espero ser yo. En María se cumple lo que pedimos incesantemente en la oración, contemplamos lo que se nos anticipa en los sacramentos. María, Inmaculada y Asumpta a los Cielos, es la Humanidad redimida que goza en un éxtasis inefable la vida intradivina, la Gloria de la Trinidad. Somos (en María lo descubrimos) vida en la Vida, vida que crece sin desmayo y progresa sin pausa en la Alegría, en la Felicidad siempre renovada de Quien fue, es y será.

P.D. He tenido que vencer ciertas reticencias para publicar este texto: ¿será demasiado personal? ¿habré caído en la ridiculez y extravíos de ciertos predicadores marianos? ¿me habré despeñado hacia (permitidme el neologismo)lo pío-beato-sentimentaloide? Espero que no sea así.

domingo, 8 de febrero de 2009

Materialismo, ciencia, Dios

Un argumento ad hominem contra la existencia de Dios muy querido por los ateos es la idea de que la fe ha entorpecido, con su oscurantismo, la marcha de la ciencia. Cosa falsa como sabe cualquier estudioso de la historia de las ciencias: Kepler, por poner un ejemplo conocido, pensó que el Sol debía estar en el centro del universo porque el Sol era la imagen de Cristo. Por lo demás, la creencia en que el mundo está sometido a ciertas leyes (primer paso necesario para la construcción de una visión científica de la realidad) procede de la cosmovisión monoteísta, que hace de Dios un ordenador racional del mundo.

Pero esto es bien sabido. Lo que no se dice tanto es cuánto ha dificultado el ateísmo materialista esa misma marcha de la ciencia. Por ejemplo, el absurdo prejuicio –genuinamente materialista– de no reconocer ninguna consistencia ontológica a realidades que no sean las puramente “materiales” (entendiendo por “materia” lo que cada secta materialista ha considerado tal en cada época) ha impedido durante años comprender multitud de fenómenos. Fiel a su propio dogma, la fe materialista dificulta aún hoy en día la labor de la ciencia al tratar de imponer a priori una determinación de aquello en que debe consistir toda la realidad, creyéndose capacitada para negar a los científicos la facultad de hablar de realidades (especialmente en el ámbito de la astrofísica) que parezcan contradecir su venerado concepto de materia.

Pero ahora querría ir un poco más allá. Entre algunos "no creyentes" se detecta con frecuencia este dualismo: todo lo que está tocado por la materia y todo aquello de lo que puede dar cuenta el conocimiento del hombre se vuelve, por decirlo así, “indigno” de Dios. En la formación de la materia intervienen tales o cuales fuerzas físicas, luego Dios no existe; los sentimientos humanos tienen tal o cual correlato químico en el cerebro, luego Dios no existe. Todo aquello que puede ser explicado según cierto modelo causal queda ipso facto fuera del alcance de lo sobrenatural. Es curioso cómo cambian los tiempos: para Galileo, que el Universo estuviera escrito en lenguaje matemático era señal de la omnipotencia y sabiduría divinas. Hoy, en la mente de muchos, esa misma premisa descarta la hipótesis divina: Deus obscuritas est. También entre los cristianos abunda este peligroso dualismo, que a unos hace adorar al Espíritu a costa del Mundo, y a otros a adorar al Mundo a costa del Espíritu. “Creo en Dios (…), Creador del cielo y de la tierra”, decimos en el Credo, y sin embargo nos comportamos como si Dios tuviera que ser el Refutador permanente del cielo y de la tierra: como si tuviera que desmentir, a base de milagros, visiones, enigmas e incertidumbres, lo que Él mismo ha creado e iluminado. Como si explicar la naturaleza de un modo natural supusiese romper el hechizo. En el fondo, en ese ateísmo cientificista dormita el mismo resentimiento que Nietzsche detectó en los cristianos: la materia es demasiado innoble para Dios.

lunes, 2 de febrero de 2009

¡Tate, tate, apologetas!

Hay, entre una multitud de discursos recriminatorios por ambos bandos, un pasaje del libro de Job -esa cima de todas las literaturas- en que el desdichado, que reclama el abrigo del Sheol y ansía ser sombra en los infiernos, acusa a sus vanos consoladores por su modo de defender la Majestad de Dios. Son muchas las respuestas airadas de Job, al que no sé por qué llaman paciente, pero aquellas de las que hablaré me han impresionado. Las palabras piadosas que caen de labios de sus amigos son hiel, sal derramada sobre las llagas purulentas. Su consuelo es un escándalo que clama a los cielos. Cada apotegma, una nueva brecha, una herida más en el cuerpo fatigado de Job. Ellos, que representan la sabiduría tradicional de Israel, son ciegos e ignorantes. Sólo se sabe Quién es Dios desde el Abismo ("¡Yo tomo mi carne en mis dientes y coloco mi vida en la palma de mis manos", dice Job). En la desdicha habla el hombre entero, todo él grita, su corazón es ancho como el mundo ¡Qué maravilla ese sano "materialismo" -entiéndaseme- del hombre bíblico! Es mi carne la que sufre, carnalidad es mi existencia. Sólo en la desgracia puede el hombre acercarse -no más que acercarse- a la certeza de que su fe no es una construcción psicológica, no es un castillo de naipes arrasado por la ventolera del dolor. Sólo entonces experimentará la Inmensidad de Dios.

¿Por qué esa exigencia intolerable, le reprochará innumerables veces Job a Dios, a su Dios, pues como suyo lo nombra? Pero en la palabra de Job no hay engaño, puede alzarse en su dolor y pleitear con el Eterno: "Aunque Él me matara, no me dolería, con tal de defender ante Él mi conducta. Y esto me servirá de salvación, pues el impío no se atrevería a comparecer en su presencia" ¡Oh tristes apologetas, que creyendo servir a Dios endurecen su corazón y acrecientan el sufrimiento añadiendo dolor al dolor! ¡Qué frases tan espantosas se escuchan a veces!: "Es la voluntad de Dios", "angelitos al cielo" (se decía en tiempos ante la muerte de los niños). Hay que volver y recordar el libro de la Sabiduría (así cerramos la boca a "los predicadores de la muerte" de que hablara Nietzsche): "Que Dios no hizo la muerte; ni se goza en la pérdida de los vivientes. Pues Él creó todas las cosas para la existencia e hizo saludables a todas sus criaturas, saludable es todo lo que engendra el cosmos, y no hay en ello veneno mortal, ni el reino del hades impera sobre la tierra. Porque la justicia no está sometida a la muerte".

Dios rechaza a los mentirosos y su Espíritu se retira de quien no se compadece de su hermano (aunque todo ello se vista de exquisita piedad). Esto dice Job a quienes dicen defender a Dios y sólo saben apedrear al mísero con sus palabras: "¿Queréis, para justificar a Dios, usar de falsedad, defenderle con mentiras? ¿Queréis mostraros como parciales suyos, ser los abogados de su causa? Sería bueno que Él os sondease ¿Queréis poder engañarle como se engaña a un hombre? Él ciertamente os reprendería con severidad, si secretamente pretendéis aparecer como parciales suyos. Su majestad ¿no os aterrará, no os llenará de espanto? Vuestros apotegmas son verdades de polvo, vuestras réplicas son respuestas de barro" ¡Ay, pobre Job, tú no necesitaste de un Marx ni de un Nietzsche, de ningún maestro de la sospecha, para saber de la porquería que puede esconder un edificante discurso religioso! Cuando se habla de Dios, cuando uno pone su Nombre Santo en sus labios ¡qué riesgo se corre! ¡con qué facilidad eludimos su presencia, cómo lo instrumentalizamos y -so capa de defenderlo- nos colocamos nosotros por delante y cerramos el paso a su Palabra! Aquí, que hablamos de teología, no deberíamos nunca olvidar esto.

miércoles, 28 de enero de 2009

La opacidad del mundo

¿No hace nuestro actual modelo de vida muy dificil el encontrar aquellos lugares en que se revela lo fundamental y originario? Estos lugares privilegiados podrían ser, por enumerar algunos: la soledad y el silencio, la duración, la consistencia e impositividad de las cosas, el encuentro con el otro que es promesa de plenitud, etc. Estas realidades pueden ser tenidas como misterios o -mejor el término latino por las resonancias que trae- sacramentos. Sí, son como una grieta luminosa en la opacidad compacta del mundo.
Pensemos en el hombre de otras épocas. Para él el silencio no era un simple paréntesis -muy a menudo oneroso- en el tráfago y el vano parloteo de lo ordinario. El silencio era el fondo desde el que se vivía. La palabra nacía de ese silencio y revelaba lo que el corazón maduraba. Fijémonos en nuestro mundo: uno no puede tomar un café en un local, arrullado simplemente por el murmullo de las voces vecinas y el tintineo de las cucharillas. Tendrás que soportar la televisión (que seguramente nadie ve) y la música radiada (que seguramente nadie escucha). Llegas a casa y es casi un automatismo poner la tele, conectar la radio... Te levantas por la mañana y se repite lo mismo. Así quedamos como abotargados o excitados, con un runrún que nos persigue incesante.
El tiempo. Casi que no tenemos experiencia de la distensión inevitable en que el tiempo se abre. Vivimos en la era de lo instantáneo. No se preocupe -podría decirse- porque todo es "ahora". Dispone usted de cuanto quiera aquí, en este momento. El tiempo no se percibe y vive como un madurar, como crecimiento continuo que emerge desde el fondo inviolado e inviolable del ser. No hay espera. El tiempo no es duración que se acrisola, progresiva expansión y acendramiento. El tiempo es simple yuxtaposición, secuencia entrecortada de instantes huecos. No es un tiempo vivo, duración real (recordemos a Bergson o Machado; más aún, remontémonos hasta el San Agustín del final de "Las Confesiones"). Es un tiempo vacío, un puro pasar que nada revela.
Temo ser tachado de "tecnófobo". A fin de cuentas nada es más instantáneo que internet y de ello me sirvo. No hablo desde esa perspectiva extrema. Sólo que creo que aquellos que hemos nacido, por ejemplo, después de la televisión no podremos acceder ya a una experiencia del mundo que sí tuvieron todavía nuestros abuelos y que para nosotros está definitivamente vedada.
Ya veré si en lo futuro sigo por la senda abierta por estas reflexiones, no sé si demasiado ingenuas o superficiales.

jueves, 22 de enero de 2009

Todas las plegarias blasfeman

De espantoso sonido (supongo que por la traducción, pero no lo sé), esta plegaria del peregrino de la novela juvenil de Lewis ("El regreso del peregrino"), tiene mucha miga:

“Sólo aquel ante quien me inclino sabe ante quién me inclino
cuando intento decir el inefable nombre, murmurando Tú;
y sueño con fantasías fidianas y abrazo de corazón
significados que no pueden ser, lo sé, lo que eres Tú.
Todas las plegarias, siempre, si les tomas la palabra, blasfeman,
pues invocan con frágil imaginería un sueño de vieja tradición;
y todos los hombres son que claman sin ser oídos
a ídolos sin sentido, si les tomas la palabra.
Y todo hombre en sus rezos, autoengañado, se dirige
a Uno que no es (así decía aquel viejo reproche) a menos que
Tú, por gracia pura, te apropies y hacia ti desvíes
las flechas de los hombres, lanzadas al azar, más allá del desierto.
No escuches, oh Señor, nuestro sentido literal, mas traduce
a tu magno y perfecto lenguaje nuestra entrecortada metáfora.”

martes, 20 de enero de 2009

La conciencia fanatizada. A propósito de Jacques Maritain

A pesar de que no conozco apenas nada de la obra de Maritain (en tiempos me limité a hojear con cierta desidia "Los Grados del Saber"; algo -casi nada también- sé de sus reflexiones sobre cristianismo y filosofía política), a pesar de este conocimiento superficial, digo, siempre he sentido una relativa antipatía hacia el personaje. No por ello dejo de valorar su relevancia intelectual y, para ser justos, habría que atender a las fases de su evolución filosófica. Supongo que en esta antipatía influyen la dureza e inflexibilidad con la que se comportó con Péguy en lo referente a su situación familiar, o el artificio con el que procuró integrar a San Juan de la Cruz en la ordenación tomista del saber ¿Tanto costaba reconocer que en la doctrina del santo de Fontiveros había divergencias con respecto al Aquinate sin que ello supusiera desdoro alguno ni para Santo Tomás ni para San Juan ni para el propio cristianismo?

Ahora viene un texto de Gabriel Marcel a confirmar estas sospechas. En uno de sus artículos de "Los hombres contra lo humano" ("La conciencia fanatizada")encuentro las siguientes palabras: "Cuando Jacques Maritain afirmaba que, hablando con rigor, se podía ser católico -pero no inteligente- sin ser tomista, emitía una afirmación propia de un fanático puro y simple, y se podría hacer ver mediante qué transacciones casi imperceptibles es siempre posible pasar de ese fanatismo venial hasta el fanatismo sin más"

Estamos en lo de siempre. Si a menudo es exasperante por su vacuidad esa pose irónica y semivolteriana de nuestros agnósticos ¡qué insufribles nos hacemos a veces algunos cristianos! Es esa mentalidad de partido confesional. Pertenecer a la Iglesia se rebaja a pertenecer a algo así como un lobby, un grupo de presión o una panda de amiguetes encantados de ser como son y de haberse conocido. La Iglesia no está para predicarse a sí misma, Ella está al servicio de su Señor, Ella anuncia el Reino (que por cierto desborda sus fronteras visibles). Ese catolicismo de bandera y megáfono es el que retraía -entre otras cosas de mayor enjundia- a inteligencias tan lúcidas como la de Simone Weil: la comunión interpersonal sustituida por el espíritu de partido, las gentes como masas sometidas al egoísmo de la carne -por utilizar el lenguaje de San Pablo- y no elevadas a la condición de pueblo consagrado que se dirige a su Señor.

Alguna entrada me gustaría dedicar a esa peligrosa confusión entre fe -bien y don que proceden de lo alto, del Padre de las luces, como dice Santiago en su carta- y creencias. No sé si la distinción es artificiosa. Creo haberla leído en algún lado. Se trata, sencillamente, de no hipertrofiar o absolutizar las instancias mediadoras. Las estructuras de mediación (doctrinas teológicas, casuística moral, instituciones eclesiales...) cuando son objeto de una pasión sin medida resultan de una atroz peligrosidad. Es entonces cuando la religión se ideologiza para al fin convertirse en el más temible de los ídolos.

P. D. No quisiera que ningún lector leyese lo antes expuesto con anteojeras políticas, poniéndolo en relación con los conflictos que se han dado y se dan en España entre Iglesia y Estado. No es esa mi intención.

miércoles, 14 de enero de 2009

Cristo y el Sábado

El Sabbath ¿Por qué esa insistencia de Jesús en realizar sus curaciones y exorcismos en Sábado? ¿Acaso pretendía simplemente epatar, mover a escándalo al stablishment religioso de su tiempo? ¿Era su intención subrayar de este modo el primado de la caridad y la misericordia frente al automatismo del ritual y la servidumbre de la ley? ¿Así mostraba el Cristo su soberanía y poder?

Creo que más o menos las preguntas anteriores recogen las interpretaciones comunes que se dan a estas acciones en que parece quebrantarse el descanso sabático. Pero en el fondo todas estas hipótesis, algunas parcialmente verdaderas, no dejan de presentárseme un tanto romas y superficiales. Volvamos al libro del Génesis: el descanso sabático arraiga y recibe todo su sentido del reposo perfecto de Dios tras la creación del mundo. La paz de Dios sostiene con su fuerza vivificante el Universo. Dios se goza en su obra, que acoge amorosamente en su seno. Hace descender sobre ella su Gloria. El ser mundanal es entonces plenitud radiante. Todo es bueno.

¿Cómo no iba Cristo a curar en Sábado? El Sábado es justamente la ocasión propicia para la sanación. Cristo no rompe el Sábado, lo consuma, le devuelve su original sentido. Las curaciones del Sábado son un signo: he aquí que la Creación es restaurada. El ser humano penetra en el descanso del Señor y experimenta en íntima unión con el Eterno la gratuidad del Bien derramándose en el mundo. Ahora las cosas son como deben ser. Porque Cristo es el Logos, Sabiduría de Dios que nutre y alimenta al Cosmos. En Él, en Cristo, el mundo vuelve al seno del Padre. En Él, en Cristo, es acogido el hombre (menesteroso, enfermo, indigente) para penetrar en el verdadero Sabbath. Sólo queda una duda torturante: aquel Sábado en que el Hijo del Hombre parece vencido por la muerte ¿Mas no es ese Sábado también misterio de salvación? “Descendió a los infiernos”. Cristo está en el fondo de la soledad más lúgubre, en el grito de dolor de los desesperados. Lo abraza todo con su misericordia infinita ¿Podrá algún hombre resistirse a su atracción definitivamente? Vivamos de esa esperanza.

martes, 13 de enero de 2009

El compromiso del cristiano

No nos dejemos engañar por la tentación gnóstica de abandonar la historia a su propio curso para refugiarnos en lo eterno. Dios ha reconciliado al mundo consigo por medio de la sangre del Cordero, hemos penetrado ya en los últimos tiempos, hemos sido liberados de “los poderes que habitan en el aire” (San Pablo). Mas no todo ha concluido ya. La espera de la Parusía nos exige la responsabilidad agónica, desgarradora, de no ceder a la seducción de este tiempo. Hemos de hacernos con Cristo jueces de un Hoy con pretensiones de Siempre. La Iglesia (comunidad de amor, fe y esperanza) puede afrontar tal tarea, a pesar de sus muchas infidelidades (las prostituciones de que habla el Antiguo Testamento con respecto a Israel) porque se sabe sostenida por el Espíritu. Cristo, al penetrar en el tiempo y habitarlo, nos ha abierto la posibilidad de trascenderlo hacia un Porvenir Absoluto. Toda potencia mundana con pretensiones de incondicionalidad ya está juzgada y condenada. Es un ídolo vano. Por eso lo demoníaco se sustrae a toda determinación. Es lo impersonal que flota en el aire que respiramos. Es lo anónimo e irrepresentable: lo que se dice, lo que se hace, lo que se espera... A fin de cuentas, una caricatura de la ubicuidad divina.

Mientras lo demoníaco es Nadie que rumorea en la vaguedad del tiempo inane; el Espíritu de profecía procede de un Quien que rompe en dos el tiempo y rescata al oyente de la indefinición de la masa. El Dios vivo nos interpela con su Palabra abrasadora; afilada y cortante como espada. Quiere hacer de nosotros un “yo” que responda de sí y de su hermano. Su voz es atronadora como la tormenta o leve como la brisa, pero sólo ella hace que el hombre pueda erguirse y elevarse hasta su genuino ser. La luz cenital del Eterno despeja todas las sombras. La bruma del anonimato se disipa. Se hace trizas toda impostura. Esta experiencia no es sino prefiguración y anticipo del Juicio, cuando todo será manifiesto y quedará liberada la verdad, aherrojada por la iniquidad de los hombres (San Pablo). No nos resistamos al poder de la Palabra: “¿Cómo haces fructificar la Redención ganada por Cristo? El opresor sigue pisoteando el derecho; la enfermedad y la muerte nos acosan; los pueblos se alzan en guerra unos contra otros; el inocente sigue siendo víctima de la injusticia. Vuelve los ojos hacia este mundo que gime pidiendo su liberación”.

Todo esto nos lleva a profundizar en la esencia de nuestra fe. El ángel que anuncia la victoria del Resucitado nos dijo que no buscásemos en lo alto, que saliésemos del pasmo. La verticalidad del Espíritu, que de arriba procede, se resuelve en la horizontalidad de la acción histórico-social, codo a codo con los otros hombres. Se responde a la llamada de Cristo poniendo la mirada en la viuda, el huérfano y el extranjero; diciendo “¡no!” a las estructuras de pecado que cuajan y se afianzan en nuestro entorno. La eucaristía es el pan del que marcha al combate. Este es el tiempo de la tensión escatológica: Dios está cerca, el Hijo está al venir para hacer entrega de todo al Padre ¡No os acostumbréis a este mundo! El Espíritu de Vida nos infunde su poder y nos pide iniciar la obra que sólo puede consumar Cristo nuestro hermano. La Iglesia no es el Reino, es signo vivo y eficaz, sacramento universal del Reino. Pero ella es Santa y en ella se prefigura la plenitud que se nos ha prometido. En ella resplandecen entre tinieblas y oscuridades las primeras piedras de la Jerusalén Celeste. En ella se anticipa y vive ya como en espejo la comunión de todos los hombres en la Trinidad Santa e Inefable.

miércoles, 7 de enero de 2009

El sacrificio como mal menor, o imperfecto orden

Del Talmud:

"LA CAUSA DE LOS SACRIFICIOS

¿Por ventura se sustenta el Señor de la carne y la sangre? ¿Y por qué, pues, ha impuesto los sacrificios a Israel?
El Señor, de otra parte, no ha impuesto los sacrificios, sino que sólo los ha consentido. Así decía Dios a Israel: "No creas que los sacrificios tienen la eficacia de persuadir a mi voluntad; no imagines cumplir por ello un deseo mío. Pues no por mi voluntad, sino por tu deseo, sacrificas."
¿Y por qué la ley divina ha permitido los sacrificios?
Un hijo de un rey, en vez de comer en la mesa regia, siempre andaba de orgía con malos compañeros, con lo que adquiría modales y costumbres obscenas. Dijo el rey: "De hoy en adelante mi hijo comerá siempre a mi mesa. Así aprenderá modales y costumbres más decentes y honestas."
Así Israel estaba acostumbrado a ofrecer holocaustos y víctimas a falsos Dioses y a demonios; y en esta práctica había puesto mucho amor y pasión. Dijo el Señor: Ofréceme solamente a mí los sacrificios: así serán al menos ofrecidos al verdadero Dios."

Recuerdo ahora la elíptica respuesta de Jon Juaristi acerca de su conversión al judaísmo. Dijo que lo que más le atraía de la fe de Israel es la resistencia a sacrificar a los "oscuros dioses de la ciudad y la sangre", la creencia viva -con sus fluctuaciones y traiciones, pero indenme– de que sólo hay un Dios y Señor.
En torno al Shemá crece siempre, como el musgo en los árboles, la espesa capa de prescripciones y reglas, de sacrificios, diezmos y filacterias. Y con cada profeta que el Señor envía, resuena una llamada a "podar" el árbol seco. Cristo es, en este sentido también, el Profeta total: con Él se anuncia el fin de los sacrificios e idolatrías, que el universo todo es Sacramento del Reino. Pero no sólo es anuncio, Él es realización del anuncio, muerte del ídolo, y vida de la Vida. La desnudez casi metafísica de San Juan 1, 1 indica esta nuevo nacimiento de las cosas, esta re-ordenación del cosmos.
Y, entre tanto, queremos ofrecer sacrificios. Y el Evangelio aparece nuevo, tan ardiente, tan iconoclasta y tan nuevo que no lo podemos, que no lo queremos escuchar: "Misericordia quiero..." Pero insistimos.

lunes, 5 de enero de 2009

La fe y Sus Majestades de Oriente

Hablando estos días con un amigo agnóstico, me dice que, a priori, no ve nada absurdo en que exista Dios. El problema para él es cómo dar el paso desde lo posible a lo efectivo: qué hace al creyente creer cuando, bajo la luz de la razón, Dios es sólo una posibilidad, y no especialmente verosímil. Ante esa pregunta nunca sé qué responder. Decir la verdad (que la fe es un don y un misterio) siempre deja al interlocutor insatisfecho, como es lógico. Y si además vive con melancolía su propia situación des-creída, añádase la pregunta entre enojada y triste: “¿y por qué a mí Dios no me da ese don?”

Los Reyes Magos sólo vieron una estrella en el cielo. Estaba allí, como cualquier otra estrella cualquier otro día. Todos podían verla. Pero sólo ellos tenían la vista puesta en el cielo y sólo ellos decidieron seguirla. Cuando llegaron a su destino, vieron a unos pordioseros con un niño para el que ni siquiera tenían cuna. ¿Por qué se arrodillaron? ¿Por qué dejaron oro, incienso y mirra? He aquí la cuestión. No hay signos que nos lleven a la fe. Es la fe la que hace los signos. La pregunta no es de dónde viene la fe, pues fe es el primer acto, el primer paso, desde donde se aclara todo lo demás. El primer paso de los Magos, el hágase de María. No hay más: sí o no. Quietos o adelante. El temeroso abrigo de la sospecha o la inquieta escucha del desasosiego. Lo decisivo es siempre hacia dónde nos mueve el corazón.

(P.D. Una breve oración para tabernarios: Que los Reyes, atentos a los signos celestes, cuiden del Ángel que acaba de nacer...)