Recuerdo que la primera vez que oí hablar de Vattimo fue en clase de Corrientes Actuales de Pensamiento que impartía Marín Casanova en la Universidad de Sevilla. Leímos La sociedad transparente y me pareció un libro más entre los muchos escritos en la estela del pensamiento postmoderno: la filosofía ha muerto y ahora toca hablar de democracia, medios de comunicación y nuevas tecnologías. Mmmmm… ¡me aburro! Pero un día supe que el filósofo italiano acababa de publicar un libro en el que, al parecer, se confesaba cristiano. Como todos sabíamos que Vattimo era homosexual practicante, comunista renovado y reconocido nietzscheano-heideggeriano, la cosa tenía su morbo. Rápidamente fui a una librería y me hice con el libro. Se titulaba Creer que se cree. Lo leí de un tirón esa misma tarde. Desde entonces, he leído todo lo que se ha ido publicando en español del pensador italiano.
Cierro el preámbulo anecdótico y voy al grano. Sin entrar ahora a valorar a fondo su filosofía, yo diría que pasarán muchos años hasta que seamos conscientes de la magnitud de la aportación de Vattimo a la autocomprensión del cristianismo contemporáneo. En su opinión, la modernidad y la secularización no son acontecimientos externos al cristianismo, sino la explicitación misma de su esencia en cierto momento de su desarrollo. Esta esencia es la kenosis (ekénosen: vaciarse), el vaciamiento de Dios, su "abajamiento" al mundo, cancelando así todo ámbito de sacralidad (“el velo del templo se rasgó en dos”) ya desde el mismo acto de la Encarnación. El Dios de la caridad, al encarnarse, rompe para siempre el vínculo entre lo sagrado y la violencia, característico de las religiones sacrificiales. Destruye lo sagrado como un ámbito de permanente impostura idolátrica: Dios no habita más en templos hechos por manos humanas. La kenosis exige dejar de comprender a Dios en términos de ese fundamento exterior y radicalmente distinto del mundo, y disponible para el hombre de un modo mágico: un fundamento desde el cual el piadoso contempla, controla y domina la totalidad de lo real, y cuya disponibilidad se alcanza por medio de procedimientos humanos (sacrificios, oraciones, acciones virtuosas o sistemas filosóficos…). El Dios que, en palabras de Nietzsche, “ha muerto” es el Dios de la metafísica y el Dios de las religiones naturales. Esta muerte de Dios ha acontecido por obra del cristianismo.
Pero esto tiene sus consecuencias: si el cristianismo es la historia de su debilitamiento, si es el proceso de su progresivo alejamiento respecto de los rasgos “naturales” de la religión, entonces es también la historia de la pérdida de las certezas sólidas, los dogmas y los patrones morales. La pregunta que quería dejar abierta es, entonces, la siguiente: ¿es posible seguir hablando de “cristianismo” una vez que éste disuelve sus propios dogmas teológicos y referencias morales y queda reducido a la caridad? Y, sobre todo, ¿por qué detener ese proceso “deconstructor” justo a las puertas de la caridad? ¿por qué no prescindir también de ella?
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sábado, 4 de abril de 2009
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