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viernes, 28 de agosto de 2009

Lo numinoso en la ciencia

La ciencia no ha superado a la religión por su racionalidad, sino, más bien al contrario, por haberse apropiado del carácter numinoso de aquélla. Cuando se le pregunta a la gente qué rasgos definen lo científico, suelen responder hablando de rigor, objetividad, racionalidad, contrastabilidad, etc., pero casi nadie de quienes hablan así asumen las proposiciones de la ciencia en base a ese tipo de criterios. De hecho, no suelen tener la menor idea de qué cosas son los microchips, los virus, los protones o los agujeros negros, y ni tan siquiera qué pueden significar esas leyes físicas que, según nos enseñan, constituyen el modus operandi de la naturaleza. Lo que en realidad fascina de la ciencia es precisamente lo contrario de toda objetividad y racionalidad: es su carácter enigmático, la forma que tiene de hablar de cosas que nos resultan improbables, incomprensibles, e incluso inimaginables.

Por el contrario -y basta con escuchar cualquier homilía dominical en una iglesia de barrio- es la religión la que, harta de las críticas a su carácter esotérico, hace tiempo que amenaza diluirse en un mensaje racional, inteligible, generalmente moral, acerca de qué está bien y qué está mal, cómo deben comportarse los cristianos, cómo es la sociedad actual y cómo debería ser, qué cosa quiso decir Cristo en este o aquel pasaje..., marginando completamente el sentido misterioso, "místico" (en el sentido de Wittgenstein), numinoso en fin, que ha constituido siempre su signo distintivo. Un halo misterioso al que seguía la sospecha de que ella custodiaba la verdad oculta del mundo, envuelta en la liturgia y los cantos, revelada en profecías visionarias, en un fuego que no se consume, en el paso de un Dios sin rostro cuya visión es la muerte: una verdad que no puede ser dicha, y que, paradójicamente, ha donado a la ciencia en una suerte de tributo a su victoria histórica.

lunes, 20 de julio de 2009

Teología del terremoto (Una metáfora para dogmáticos)


(Lisboa, 1755)


La espléndida arquitectura que un día alzó la fe, fue derribada por la Providencia.

lunes, 23 de febrero de 2009

Razón e Inquisición (anotaciones sobre la fe ciega)

Analizar con detenimiento la historia de la Iglesia lleva fácilmente a la conclusión de que el camino hacia Cristo no es un camino hacia el bien, sino hacia el mal. Las disputas, odios, guerras, condenas, apenas dejan ver al Dios de los lirios del campo, del Sermón de la Montaña y del hijo pródigo. Darse cuenta de esto es crucial para entender todo lo demás: elegir el camino de la cruz significa adentrarse en un desierto plagado de demonios, en donde nos esperan las tentaciones más sutiles, los pecados más perversos: justo aquéllos contra los que apenas advierte ningún catecismo.

El argumento de muchos cristianos es que esos males se hicieron “en nombre del” cristianismo, pero por gentes que no habían entendido el mensaje de Cristo. En realidad, ésta es la misma maniobra de evasión de ciertos ateos: si se les señala que un régimen ateo como el soviético torturó y mató a millones de personas, responden que no lo hizo en nombre del ateísmo (por ejemplo, aquí). La realidad es la contraria: aunque evidentemente ningún ateo pudo matar a nadie en nombre de un "No-Dios", sí lo hizo -y a menudo- siguiendo una lógica inherente a la visión no trascendente del hombre. Lo cierto es que, por encima de uno y otro caso, hay algo perverso en toda voluntad de sistema, un impulso que sólo puede ser satisfecho al modo de la dominación o la aniquilación. Y ello es así porque, como decían Horkheimer y Adorno, el sistema es, en sí mismo, lo falso: la realidad es despliegue, la verdad es movimiento, y querer disponer de una sujeción para la totalidad de lo real es, propiamente, “idolatría”, sumisión a una estructura humana de ideas que pretende autovenerarse como espejo de la verdad. El cristianismo sólo se salva de esta maldición si renuncia a concebirse a sí mismo como sistema, o dicho de un modo más provocativo: si renuncia a concebirse a sí mismo como religión. Pero eso implica una gran renuncia a la que no siempre estamos dispuestos los cristianos: renunciar a las certezas, a los ritos mágicos, al reconfortante cobijo de la ley, al aspecto “natural” de lo religioso. Es el mismo cobijo que buscaban las masas fanatizadas por el totalitarismo ateo: "al menos disponemos -se decían- de la verdad sobre la historia y sobre el hombre". ¡Ah, qué reconfortante es la ecuación que desvela hasta los últimos enigmas del ser! Y es esa visión sistémica del cristianismo la que llevó al Cardenal Bellarmino a sostener, durante el juicio a Galileo, que “afirmar que la tierra gira en torno al sol es tan erróneo como afirmar que Jesús no nació de una Virgen”. Sí, así de cruel es la voluntad de sistema: nos otorga un mundo quieto en el que sentirnos seguros, un plan de vida con el que ser piadosos, unas normas con las que ser morales, pero todo ello a costa de taponar cualquier resquicio de acceso a lo real. Todo sistema refleja una minoría de edad de la razón. Y, contra lo que consiguen ver muchos cristianos, es justamente ésa la renuncia que pide Cristo cuando habla de los lirios del campo. Renuncia, pues, en nombre del abandono a la pura contingencia de un devenir del que no podemos disponer nosotros. En nombre de la aceptación gozosa y lúdica de la vida experimentada como “don”.

Gómez Dávila decía que la Inquisición tenía la ventaja sobre las contemporáneas formas de exterminio (de Auschwitz a Siberia) el que, al menos, su objetivo era la salvación del hombre, y no su aniquilación. Aunque la apreciación es inteligente, yo pienso que es más bien al revés, y que esa falsa concepción de lo que es “salvar al hombre” la vuelve especialmente perversa, doblemente maligna. Ganar la vida eterna del hombre a costa de su vida terrenal es quizá la expresión más aniquiladora de un cristianismo convertido en (enésimo) sistema de pensamiento. Por lo demás, muchos de los males que los ilustrados atribuyeron al cristianismo se repitieron con igual o mayor intensidad al abrigo del pensamiento racional. Mi amigo teólogo Jaime, al que ya he citado en otras ocasiones, me hizo ver que la Inquisición llevó a cabo una depuración de ancestrales formas de pensamiento mágico que permanecían profundamente arraigadas en el hombre europeo. Si nos horroriza su fanatismo, es porque queremos ocultar que a ella debemos la derrota de sus aún más temibles adversarios: el maniqueísmo satanizaba el cuerpo y el mundo, el animismo y el fetichismo entretenían a la razón y la apartaban de la contemplación serena de un mundo regido por leyes, las heterodoxias milenaristas hubieran hecho vano el trabajo histórico y postrado al hombre a la espera de un inminente final. ¿Qué habría sido de una Europa arrastrada por esas formas de pensamiento? Podemos rajarnos las vestiduras o negarnos a reconocerlo para mantener nuestra propia imagen de racionalistas inmaculados, pero lo cierto es que el racionalismo europeo es, en no poca medida, una locomotora que corrió por los raíles de la Inquisición.

Por eso es vano tratar de medir la intensidad de una fe ciega en función de su cercanía con respecto a la religión: ¿por qué tanto estremecimiento ante las atrocidades de una institución responsable de la muerte de varios miles de personas a lo largo de cinco siglos cuando, en los tiempos en que mi abuela era una veinteañera, la misma Razón ilustrada y totalizadora que pensó librarnos de la fe ciega torturaba liberales, incineraba judíos y modelaba el mundo entero siguiendo el plan de una obra de arte total? La violencia contra la alteridad no es un rasgo del pensamiento religioso, sino del pensamiento mismo, en tanto todo pensamiento es, en cierto estado de desarrollo, pre-crítico y sometido a la lógica de la supervivencia y la cohesión. Como mostró Durkheim hace ya tantos años, la religión ha sido el núcleo de cohesión social más importante de la historia. Antes de verse sustituida por la solidaridad económica basada en una división compleja del trabajo, ponerla en cuestión era tan peligroso como para nosotros ver caer las Torres Gemelas, y sus oponentes eran tan temibles como para nosotros los terroristas, los psicópatas y los violadores. No es la religión la que produce la violencia, sino el temor a dejar de disponer de la propia vida, al resquebrajamiento del orden social que nos mantiene vivos, a la eclosión del caos, la arbitrariedad y la incertidumbre. Por eso, la única teología de la liberación que necesitamos es la que nos libra de la idolatría de las ideas, no la que nos arroja a los pies de una nueva.