lunes, 7 de septiembre de 2009
Esperando nacer
Hoy Hernán nos recomienda; así que no perdamos la oportunidad de recomendar su blog, de nuevo. Parte del impulso para abrir esta Taberna procede de sus reflexiones (en voz alta) en torno a temas teológicos. Brindemos por él.
jueves, 3 de septiembre de 2009
¿Un Dios demostrable?
No soy fideísta. Más aún, de acuerdo con el Vaticano I, no tengo reparos en sostener que la razón, cuando obra en conformidad con sus principios y reglas constitutivos, puede alcanzar un conocimiento cierto de que Dios existe. Es verdad (no nos engañemos) que este conocimiento es siempre inadecuado con respecto a su "objeto" de referencia. Sólo atisbamos en el horizonte la necesidad de un fundamento último, pero bien poco es lo que podemos llegar a conocer acerca de su esencia. Esta permanece envuelta en un misterio insuperable, que sería temerario y estúpido pretender desvelar.
Aún así, dicho lo dicho, creo que es muy difícil, prácticamente imposible, que haya prueba alguna que pueda persuadir con firmeza a los agnósticos o ateos ¿No parece esto contradecir mi anterior aseveración? Llevaré las cosas hasta el extremo. Considero que las vías que procuran un acceso a Dios estrictamente intelectual son abundantes. La mayoría de los argumentos que nos ha legado la historia de la Filosofía me parecen válidos, cuando se los purifica de la escoria de exposiciones de manual que los trivializan hasta reducirlos a lo ridículo.
Aquí llega mi precisión. Estos atisbos, estas súbitas iluminaciones intelectuales del Misterio fundante, son ciertamente posibles "de iure" pero casi siempre impracticables "de facto". Y es que la razón natural, pura y exclusivamente natural, preservada de la injerencia del pecado en sus múltiples formas, sencillamente no existe. La razón, cuando ha de elevarse al plano rigurosísimo y existencialmente vinculante de la reflexión metafísica, a menudo se ofusca, anda a tientas, se pierde en un laberinto de contradicciones y aporías... Ya Sto. Tomás advertía que era necesario que en la revelación divina se incluyesen verdades que son racionalmente accesibles a los hombres, pues no sobrepasan la capacidad de su naturaleza. Ello es indispensable. La cognoscibilidad intrínseca de una verdad no nos asegura que esta verdad vaya a ser "efectivamente" captada por nosotros.
Siendo así las cosas ¿no será precisamente la luz de la fe la que permita a la razón poseerse realmente a sí misma, devolviéndole así su verdadera naturaleza, una naturaleza que sólo podía alcanzar su plenitud inserta en el campo de lo sobrenatural?
Dirá el lector: ¿Y no es justamente esto fideísmo, el fideísmo que se rechazaba al comienzo de este texto? ¿No se ha caído en un círculo vicioso? La razón nos predispone para conocer la existencia de Dios, mas la razón sólo puede obrar así una vez que la fe (que está cierta de que Dios es) la ha rehabilitado elevándola a la dignidad que le es inherente por naturaleza.
Veo que el asunto se me alarga. Y en los blogs hay que procurar ser breve. Ya tendremos ocasión de enfrentarnos a estas dificultades e intentar dilucidar el asunto. Lo siento si he sido poco claro.
Aún así, dicho lo dicho, creo que es muy difícil, prácticamente imposible, que haya prueba alguna que pueda persuadir con firmeza a los agnósticos o ateos ¿No parece esto contradecir mi anterior aseveración? Llevaré las cosas hasta el extremo. Considero que las vías que procuran un acceso a Dios estrictamente intelectual son abundantes. La mayoría de los argumentos que nos ha legado la historia de la Filosofía me parecen válidos, cuando se los purifica de la escoria de exposiciones de manual que los trivializan hasta reducirlos a lo ridículo.
Aquí llega mi precisión. Estos atisbos, estas súbitas iluminaciones intelectuales del Misterio fundante, son ciertamente posibles "de iure" pero casi siempre impracticables "de facto". Y es que la razón natural, pura y exclusivamente natural, preservada de la injerencia del pecado en sus múltiples formas, sencillamente no existe. La razón, cuando ha de elevarse al plano rigurosísimo y existencialmente vinculante de la reflexión metafísica, a menudo se ofusca, anda a tientas, se pierde en un laberinto de contradicciones y aporías... Ya Sto. Tomás advertía que era necesario que en la revelación divina se incluyesen verdades que son racionalmente accesibles a los hombres, pues no sobrepasan la capacidad de su naturaleza. Ello es indispensable. La cognoscibilidad intrínseca de una verdad no nos asegura que esta verdad vaya a ser "efectivamente" captada por nosotros.
Siendo así las cosas ¿no será precisamente la luz de la fe la que permita a la razón poseerse realmente a sí misma, devolviéndole así su verdadera naturaleza, una naturaleza que sólo podía alcanzar su plenitud inserta en el campo de lo sobrenatural?
Dirá el lector: ¿Y no es justamente esto fideísmo, el fideísmo que se rechazaba al comienzo de este texto? ¿No se ha caído en un círculo vicioso? La razón nos predispone para conocer la existencia de Dios, mas la razón sólo puede obrar así una vez que la fe (que está cierta de que Dios es) la ha rehabilitado elevándola a la dignidad que le es inherente por naturaleza.
Veo que el asunto se me alarga. Y en los blogs hay que procurar ser breve. Ya tendremos ocasión de enfrentarnos a estas dificultades e intentar dilucidar el asunto. Lo siento si he sido poco claro.
viernes, 28 de agosto de 2009
Lo numinoso en la ciencia
La ciencia no ha superado a la religión por su racionalidad, sino, más bien al contrario, por haberse apropiado del carácter numinoso de aquélla. Cuando se le pregunta a la gente qué rasgos definen lo científico, suelen responder hablando de rigor, objetividad, racionalidad, contrastabilidad, etc., pero casi nadie de quienes hablan así asumen las proposiciones de la ciencia en base a ese tipo de criterios. De hecho, no suelen tener la menor idea de qué cosas son los microchips, los virus, los protones o los agujeros negros, y ni tan siquiera qué pueden significar esas leyes físicas que, según nos enseñan, constituyen el modus operandi de la naturaleza. Lo que en realidad fascina de la ciencia es precisamente lo contrario de toda objetividad y racionalidad: es su carácter enigmático, la forma que tiene de hablar de cosas que nos resultan improbables, incomprensibles, e incluso inimaginables.
Por el contrario -y basta con escuchar cualquier homilía dominical en una iglesia de barrio- es la religión la que, harta de las críticas a su carácter esotérico, hace tiempo que amenaza diluirse en un mensaje racional, inteligible, generalmente moral, acerca de qué está bien y qué está mal, cómo deben comportarse los cristianos, cómo es la sociedad actual y cómo debería ser, qué cosa quiso decir Cristo en este o aquel pasaje..., marginando completamente el sentido misterioso, "místico" (en el sentido de Wittgenstein), numinoso en fin, que ha constituido siempre su signo distintivo. Un halo misterioso al que seguía la sospecha de que ella custodiaba la verdad oculta del mundo, envuelta en la liturgia y los cantos, revelada en profecías visionarias, en un fuego que no se consume, en el paso de un Dios sin rostro cuya visión es la muerte: una verdad que no puede ser dicha, y que, paradójicamente, ha donado a la ciencia en una suerte de tributo a su victoria histórica.
Por el contrario -y basta con escuchar cualquier homilía dominical en una iglesia de barrio- es la religión la que, harta de las críticas a su carácter esotérico, hace tiempo que amenaza diluirse en un mensaje racional, inteligible, generalmente moral, acerca de qué está bien y qué está mal, cómo deben comportarse los cristianos, cómo es la sociedad actual y cómo debería ser, qué cosa quiso decir Cristo en este o aquel pasaje..., marginando completamente el sentido misterioso, "místico" (en el sentido de Wittgenstein), numinoso en fin, que ha constituido siempre su signo distintivo. Un halo misterioso al que seguía la sospecha de que ella custodiaba la verdad oculta del mundo, envuelta en la liturgia y los cantos, revelada en profecías visionarias, en un fuego que no se consume, en el paso de un Dios sin rostro cuya visión es la muerte: una verdad que no puede ser dicha, y que, paradójicamente, ha donado a la ciencia en una suerte de tributo a su victoria histórica.
miércoles, 12 de agosto de 2009
Tratado de las vías infinitas
(Una pipa es también un reloj de arena. He cargado esta con media cazoleta, para que la entrada del blog sea como debe de ser, sin la tendencia al tratado farragoso. Cuando se acabe, terminará la entrada)
Mis amigos, tabernarios o no (aunque todos son tabernarios en el fondo), operan a veces como catalizadores de pensamiento, como atractivos pararrayos que provocan el relámpago cerca. Digamos que, por un momento, se me pega la brillantez del otro, o que sólo en compañía somos más de lo que somos, y ése es el ser al que somos llamados. Un ser extendido, habitable. El otro día, como tantas veces, conseguí transmitirle a Antonio Javier una idea que lleva años rondando, desde distintos ángulos, mi cabeza. La idea de que nuestras dificultades con la Fe son muchas veces negativas más que positivas, es decir, que rara vez hay una seria objeción o un nudo intelectual que deshacer (aunque también), sino más bien un abandono, u olvido, de las "vías de acceso", de nuestras personales puertas a la luz. Como ya vio -oh, maestro-, mi bienamado Lewis, la fe es algo que, más que perderse, sencillamente se va abandonando. Esto vino a cuento de la idea de jerarquía en los contenidos de la doctrina (no todo es igual de importante, por lo que podemos relativizar nuestras dudas o dificultades en gran medida), y que nadie (quizá algunos santos) ha sido dotado por Dios para comprender, para abrazar, todos los contenidos de la Fe. Además de la especial ceguera, o visión, de cada época.
Pero a lo que yo apuntaba era a las vías personales, íntimas, biográficas, de acercarnos al misterio, de querer más de Dios, de sentir la llamada del Reino. Cada uno sabe, o sería muy bueno que supiera de un modo más o menos consciente, de qué modo, por qué vías, el hilo invisible del que hablaba el Padre Brown, ha sido pulsado para llamarnos de vuelta a casa. Para los que somos un tanto poetas, un tanto músicos, ha sido muchas veces la experiencia de la Hermosura, el éxtasis de la música. (Empecé precisamente esta pipa, digo, esta entrada, escuchando el tercer libro de Madrigales de Gesualdo). Pero también ciertas experiencias de plenitud con amigos, concretos, en momentos clave de nuestra vida, como suelen serlo la adolescencia, los primeros amores, los proyectos ilusionantes. Estas vías personales, por su propia naturaleza, son inagotables, y lo mejor de todo: siempre sorprendentes. Aunque no siempre disponibles. Sé que también podría hablar del dolor, pero es mucho más difícil, y las palabras deberían descalzarse o hacerse mínimas como gorriones sobre la arena. Casi es mejor la Poesía.
No todo nos acerca a Dios. Ayer estuve en la catedral, haciendo fotos, y se celebraba la novena de la Virgen de los Reyes. Aunque el Gótico siempre ha caldeado mi ánimo con vigor, dejándome boquiabierto como un niño, precisamente ayer, al encontrarme con el Arbispo, al ver el cortejo de bostezantes canónigos y sevillanos y turistas, me sentí tan lejos de aquello como un talibán en Disneylandia. No. Es en otro sitio donde sé que -casi- siempre puedo acercar una ramita para encender una hoguera. Normalmente un poema, un rato de silencio, un paseo perezoso por la ciudad. O un puñado de recuerdos, desordenados y confundidos como una caja de zapatos llena de fotos viejas. O mejor: un rato en la Taberna del Fin del Mundo, donde la conversación y la cerveza recuerdan el banquete que nos fue prometido.
(Se ha apagado la pipa. Voy a limpiarla).
Mis amigos, tabernarios o no (aunque todos son tabernarios en el fondo), operan a veces como catalizadores de pensamiento, como atractivos pararrayos que provocan el relámpago cerca. Digamos que, por un momento, se me pega la brillantez del otro, o que sólo en compañía somos más de lo que somos, y ése es el ser al que somos llamados. Un ser extendido, habitable. El otro día, como tantas veces, conseguí transmitirle a Antonio Javier una idea que lleva años rondando, desde distintos ángulos, mi cabeza. La idea de que nuestras dificultades con la Fe son muchas veces negativas más que positivas, es decir, que rara vez hay una seria objeción o un nudo intelectual que deshacer (aunque también), sino más bien un abandono, u olvido, de las "vías de acceso", de nuestras personales puertas a la luz. Como ya vio -oh, maestro-, mi bienamado Lewis, la fe es algo que, más que perderse, sencillamente se va abandonando. Esto vino a cuento de la idea de jerarquía en los contenidos de la doctrina (no todo es igual de importante, por lo que podemos relativizar nuestras dudas o dificultades en gran medida), y que nadie (quizá algunos santos) ha sido dotado por Dios para comprender, para abrazar, todos los contenidos de la Fe. Además de la especial ceguera, o visión, de cada época.
Pero a lo que yo apuntaba era a las vías personales, íntimas, biográficas, de acercarnos al misterio, de querer más de Dios, de sentir la llamada del Reino. Cada uno sabe, o sería muy bueno que supiera de un modo más o menos consciente, de qué modo, por qué vías, el hilo invisible del que hablaba el Padre Brown, ha sido pulsado para llamarnos de vuelta a casa. Para los que somos un tanto poetas, un tanto músicos, ha sido muchas veces la experiencia de la Hermosura, el éxtasis de la música. (Empecé precisamente esta pipa, digo, esta entrada, escuchando el tercer libro de Madrigales de Gesualdo). Pero también ciertas experiencias de plenitud con amigos, concretos, en momentos clave de nuestra vida, como suelen serlo la adolescencia, los primeros amores, los proyectos ilusionantes. Estas vías personales, por su propia naturaleza, son inagotables, y lo mejor de todo: siempre sorprendentes. Aunque no siempre disponibles. Sé que también podría hablar del dolor, pero es mucho más difícil, y las palabras deberían descalzarse o hacerse mínimas como gorriones sobre la arena. Casi es mejor la Poesía.
No todo nos acerca a Dios. Ayer estuve en la catedral, haciendo fotos, y se celebraba la novena de la Virgen de los Reyes. Aunque el Gótico siempre ha caldeado mi ánimo con vigor, dejándome boquiabierto como un niño, precisamente ayer, al encontrarme con el Arbispo, al ver el cortejo de bostezantes canónigos y sevillanos y turistas, me sentí tan lejos de aquello como un talibán en Disneylandia. No. Es en otro sitio donde sé que -casi- siempre puedo acercar una ramita para encender una hoguera. Normalmente un poema, un rato de silencio, un paseo perezoso por la ciudad. O un puñado de recuerdos, desordenados y confundidos como una caja de zapatos llena de fotos viejas. O mejor: un rato en la Taberna del Fin del Mundo, donde la conversación y la cerveza recuerdan el banquete que nos fue prometido.
(Se ha apagado la pipa. Voy a limpiarla).
martes, 11 de agosto de 2009
¿Yo, cristiano?
A veces resulta cuando menos incómodo reconocerse públicamente como católico. No es simplemente vergüenza, falta de compromiso con la fe que nos sustenta, miedo a ser rechazados o ridiculizados en nuestro ambiente social o laboral... No niego que pueda haber (en mi caso personal) una pizca de todo eso. No obstante, la cosa no se resuelve tan fácilmente. No quiero (quizá mejor no puedo) confesar mi cristianismo porque sé que la mayoría de las personas con que me cruzo sencillamente no saben qué es el cristianismo. Irremediablemente me toman por otra cosa. En su mente la fe cristiana no es sino un rótulo bajo el que se engloba un batiburrillo contradictorio y tumultuoso de prejuicios, ideíllas peregrinas de todo a cien y no sé cuantas ofuscaciones más. Dices que eres cristiano y eso a la gente le suena a lo mismo que creer en los extraterrestres, hacer campaña contra los condones, leer tal prensa y votar a tal partido, etc ¿Para qué seguir? Uno a veces se inhibe por puro cansancio.
Si bien nuestra vida habrá de resolverse en un sí o un no definitivos, y vivimos desde una fundamental determinación del todo de la existencia, este "absolutismo escatológico" que se concentra en la exigencia del Juicio (la crisis, el discernimiento último) no debe traducirse en un rigorismo atenazante. Muchas veces la aseveración de una verdad tiene que ir acompañada de un "pero" y la formulación de una regla de su ineludible excepción. Y cuando uno se dice cristiano (si no quiere que le confundan con otra cosa) tiene que comenzar con tantas advertencias y aclaraciones que a veces, perezoso, dejas pasar la oportunidad del testimonio.
Con el paso del tiempo se va decantando en mí que ser cristiano, ser en verdad cristiano, debe de ser algo simplicísimo. Pero cuesta dar a conocer esa sencillez gozosa y mucho más conquistarla en el esfuerzo del diario vivir. Tenemos fe en una Palabra antigua y siempre nueva. No queremos juzgar y tenemos conciencia de que sólo el amor redime, un amor que trasciende nuestras fuerzas y que sólo podemos alcanzar de hinojos ante la cruz. En un hombre habita la plenitud de la divinidad; en un hombre Dios se entrega y deifica a sus criaturas. Lo dicho no es para nosotros simple parloteo, es experiencia y vida ¿Mas que palabras y obras pueden ofrendar este tesoro que llevamos oculto?
No sé. Quiero darle vueltas a este asunto de cómo vive el cristiano su fe y su inserción eclesial en la sociedad secularizada y pluralista en que vivimos. Tenemos que dar un vuelco y modificar lo que se entiende que somos y creemos. Pero esa transformación exige tantas cosas y en tan diversas direcciones...
Si bien nuestra vida habrá de resolverse en un sí o un no definitivos, y vivimos desde una fundamental determinación del todo de la existencia, este "absolutismo escatológico" que se concentra en la exigencia del Juicio (la crisis, el discernimiento último) no debe traducirse en un rigorismo atenazante. Muchas veces la aseveración de una verdad tiene que ir acompañada de un "pero" y la formulación de una regla de su ineludible excepción. Y cuando uno se dice cristiano (si no quiere que le confundan con otra cosa) tiene que comenzar con tantas advertencias y aclaraciones que a veces, perezoso, dejas pasar la oportunidad del testimonio.
Con el paso del tiempo se va decantando en mí que ser cristiano, ser en verdad cristiano, debe de ser algo simplicísimo. Pero cuesta dar a conocer esa sencillez gozosa y mucho más conquistarla en el esfuerzo del diario vivir. Tenemos fe en una Palabra antigua y siempre nueva. No queremos juzgar y tenemos conciencia de que sólo el amor redime, un amor que trasciende nuestras fuerzas y que sólo podemos alcanzar de hinojos ante la cruz. En un hombre habita la plenitud de la divinidad; en un hombre Dios se entrega y deifica a sus criaturas. Lo dicho no es para nosotros simple parloteo, es experiencia y vida ¿Mas que palabras y obras pueden ofrendar este tesoro que llevamos oculto?
No sé. Quiero darle vueltas a este asunto de cómo vive el cristiano su fe y su inserción eclesial en la sociedad secularizada y pluralista en que vivimos. Tenemos que dar un vuelco y modificar lo que se entiende que somos y creemos. Pero esa transformación exige tantas cosas y en tan diversas direcciones...
lunes, 10 de agosto de 2009
lunes, 20 de julio de 2009
Teología del terremoto (Una metáfora para dogmáticos)
(Lisboa, 1755)
La espléndida arquitectura que un día alzó la fe, fue derribada por la Providencia.
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miércoles, 8 de julio de 2009
Dar por despensado
La Cigüeña de la Torre es un blog interesante desde un punto de vista sociológico, entretenido por el cotilleo, y de no muchas alturas teológicas (ni lo pretende). No he podido evitar dar un brinco en la silla al leer este comienzo de post, sobre la Encíclica nueva del Papa:
"Poco más que dejar constancia de la aparición de la nueva encíclica de Benedicto XVI. No la he leído todavía y confieso que alguna pereza me da pues este licenciado en Ciencias Económicas nunca ha tenido especial querencia por la Economía. Aunque sin leerla, y diga lo que diga, mi pensamiento en esas cuestiones es el del Papa. Si hasta el momento hubiera pensado otra cosa, que no lo creo porque yo sobre Economía he pensado poquísimo, pues ya lo doy por despensado." (Las comillas son mías). Fuente aquí.
Yo tampoco la he leído aún, y tengo poquitas ganas también. A mí, como a Baltanás, me sigue decepcionando el pastiche un tanto naïf que el Magisterio elabora sobre esta materia. (Espero que la posteridad no tenga en cuenta estos escritos como "obra teológica" de Ratzinger. Son otra cosa). Lo que me deja perplejo es ese "dar por despensado" el propio pensamiento si difiere con lo que dice una Encíclica. Así, ¿para qué la inteligencia?
"Poco más que dejar constancia de la aparición de la nueva encíclica de Benedicto XVI. No la he leído todavía y confieso que alguna pereza me da pues este licenciado en Ciencias Económicas nunca ha tenido especial querencia por la Economía. Aunque sin leerla, y diga lo que diga, mi pensamiento en esas cuestiones es el del Papa. Si hasta el momento hubiera pensado otra cosa, que no lo creo porque yo sobre Economía he pensado poquísimo, pues ya lo doy por despensado." (Las comillas son mías). Fuente aquí.
Yo tampoco la he leído aún, y tengo poquitas ganas también. A mí, como a Baltanás, me sigue decepcionando el pastiche un tanto naïf que el Magisterio elabora sobre esta materia. (Espero que la posteridad no tenga en cuenta estos escritos como "obra teológica" de Ratzinger. Son otra cosa). Lo que me deja perplejo es ese "dar por despensado" el propio pensamiento si difiere con lo que dice una Encíclica. Así, ¿para qué la inteligencia?
miércoles, 17 de junio de 2009
El espíritu de la época
¿Acaso no se complace nuestro tiempo en la sordidez, la cochambre y la deshumanización? Se corre el peligro de que todo impulso hacia lo que es bueno y hermoso sea truncado desde su primer movimiento no por visibles y contundentes fuerzas oscuras, sino por un sentimiento de... ¡pudor! Da vergüenza, parece ridículo atender a ciertas realidades, emplear determinadas palabras. Cuanto nos humaniza y nos eleva va adquiriendo para los hombres una atmósfera de ñoñería y debilidad que les aparta de su goce. Imperan la procacidad y la aspereza; andan escondidos en la clandestinidad el cuidado, la solicitud piadosa, la dicha ingenua, el secreto temblor de la hermosura.
Todo ello va acompañado de dos factores.
Primero, un materialismo craso, una progresiva fisiologización de lo humano que opaca la conciencia de la dignidad propia y ajena. Curiosamente, esta exaltación de lo zoológico, trae como fenómeno concomitante una vivencia pobre, misérrima, de la condición carnal. Para los hombres de hoy ¿qué es su cuerpo? El cuerpo no tiene entidad ni sentido propios. Es funcional y utilitario. Por ello (se podría hablar mucho de esto) vivimos paradójicamente inmersos en un dualismo casi gnóstico que se disfraza de dietética, moda y promiscuidad sexual.
Segundo factor. Desvinculación y resquebrajamiento de los lazos y compromisos mutuos.
Hay como un intento de disolver las estructuras comunitarias que los hombres generan espontáneamente; reducirnos a individuos sin asidero, átomos que impactan, forjan una unión accidental y fugitiva, se separan, resbalan y entrechocan... Todo agitación sin sentido, un ir y venir que marea y atonta.
Creo -y aquí sigo a Jiménez Lozano- que la banalización de lo humano y personal que comenzó en el periodo de entreguerras y que condujo a los grandes totalitarismos; creo, digo, que ese proceso no ha concluido. Simplemente ha tomado nuevos derroteros ¿No es el hombre contemporáneo la materia perfecta para las pretensiones demiúrgicas de un nuevo poder tiránico turbadoramente suave, dúctil y etéreo?
P.D. ¡Caramba! ¡Qué negro y pesimista me salió esto!
Todo ello va acompañado de dos factores.
Primero, un materialismo craso, una progresiva fisiologización de lo humano que opaca la conciencia de la dignidad propia y ajena. Curiosamente, esta exaltación de lo zoológico, trae como fenómeno concomitante una vivencia pobre, misérrima, de la condición carnal. Para los hombres de hoy ¿qué es su cuerpo? El cuerpo no tiene entidad ni sentido propios. Es funcional y utilitario. Por ello (se podría hablar mucho de esto) vivimos paradójicamente inmersos en un dualismo casi gnóstico que se disfraza de dietética, moda y promiscuidad sexual.
Segundo factor. Desvinculación y resquebrajamiento de los lazos y compromisos mutuos.
Hay como un intento de disolver las estructuras comunitarias que los hombres generan espontáneamente; reducirnos a individuos sin asidero, átomos que impactan, forjan una unión accidental y fugitiva, se separan, resbalan y entrechocan... Todo agitación sin sentido, un ir y venir que marea y atonta.
Creo -y aquí sigo a Jiménez Lozano- que la banalización de lo humano y personal que comenzó en el periodo de entreguerras y que condujo a los grandes totalitarismos; creo, digo, que ese proceso no ha concluido. Simplemente ha tomado nuevos derroteros ¿No es el hombre contemporáneo la materia perfecta para las pretensiones demiúrgicas de un nuevo poder tiránico turbadoramente suave, dúctil y etéreo?
P.D. ¡Caramba! ¡Qué negro y pesimista me salió esto!
jueves, 11 de junio de 2009
Nuestra libertad de conciencia
Aquí un texto de Jacinto Choza, que me ha recomendado esta tarde Antonio Javier. Parece que la nueva tarifa plana de mi compañía de teléfono va a favorecer la conversación interminable de la Taberna del Fin del Mundo.
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