miércoles, 7 de enero de 2009

El sacrificio como mal menor, o imperfecto orden

Del Talmud:

"LA CAUSA DE LOS SACRIFICIOS

¿Por ventura se sustenta el Señor de la carne y la sangre? ¿Y por qué, pues, ha impuesto los sacrificios a Israel?
El Señor, de otra parte, no ha impuesto los sacrificios, sino que sólo los ha consentido. Así decía Dios a Israel: "No creas que los sacrificios tienen la eficacia de persuadir a mi voluntad; no imagines cumplir por ello un deseo mío. Pues no por mi voluntad, sino por tu deseo, sacrificas."
¿Y por qué la ley divina ha permitido los sacrificios?
Un hijo de un rey, en vez de comer en la mesa regia, siempre andaba de orgía con malos compañeros, con lo que adquiría modales y costumbres obscenas. Dijo el rey: "De hoy en adelante mi hijo comerá siempre a mi mesa. Así aprenderá modales y costumbres más decentes y honestas."
Así Israel estaba acostumbrado a ofrecer holocaustos y víctimas a falsos Dioses y a demonios; y en esta práctica había puesto mucho amor y pasión. Dijo el Señor: Ofréceme solamente a mí los sacrificios: así serán al menos ofrecidos al verdadero Dios."

Recuerdo ahora la elíptica respuesta de Jon Juaristi acerca de su conversión al judaísmo. Dijo que lo que más le atraía de la fe de Israel es la resistencia a sacrificar a los "oscuros dioses de la ciudad y la sangre", la creencia viva -con sus fluctuaciones y traiciones, pero indenme– de que sólo hay un Dios y Señor.
En torno al Shemá crece siempre, como el musgo en los árboles, la espesa capa de prescripciones y reglas, de sacrificios, diezmos y filacterias. Y con cada profeta que el Señor envía, resuena una llamada a "podar" el árbol seco. Cristo es, en este sentido también, el Profeta total: con Él se anuncia el fin de los sacrificios e idolatrías, que el universo todo es Sacramento del Reino. Pero no sólo es anuncio, Él es realización del anuncio, muerte del ídolo, y vida de la Vida. La desnudez casi metafísica de San Juan 1, 1 indica esta nuevo nacimiento de las cosas, esta re-ordenación del cosmos.
Y, entre tanto, queremos ofrecer sacrificios. Y el Evangelio aparece nuevo, tan ardiente, tan iconoclasta y tan nuevo que no lo podemos, que no lo queremos escuchar: "Misericordia quiero..." Pero insistimos.

9 comentarios:

Suso Ares Fondevila dijo...

Los que están viviendo procesos dolientes, con el corazón del todo desnudo, las palabras del salmo 50, en cambio, tan en consonancia con la propia desnudez pedida por Jesús, son un auténtico regalo, un total consuelo, pues es todo lo que pueden ofrecer: "Los sacrificios no te satisfacen:
si te ofreciera un holocausto, no lo querrías.
Mi sacrificio es un espíritu quebrantado;
un corazón quebrantado y humillado,
tú no lo desprecias".

Toi dijo...

y sin embargo, sin sacrificios, cotidianos, a los dioses de la generosidad, de la entrega, a los exigentes dioses de la renuncia, todo bien se escurre entre los dedos como arena...

y quita la moderación, clasista, o al menos los puos guachas o como se llamen esas letras borrachas

Miriam dijo...

Sé todo eso. Y "Misericordia quiero, y no sacrificios".

Pero en Su plan de salvación era necesario el sacrificio de Su Hijo... ¡Qué lío! ¿no?

Perdonad el comentario, tal vez inculto. Gracias, y feliz año!!!

Alejandro Martín Navarro dijo...

Exacto. Y más exacto aún es que sea Cristo el verdadero actor de esa "poda". Si no, parecería que el cristianismo es un artefacto que los hombres vamos simplificando con la historia. Pero es Cristo el que "simplifica".

El hecho de que el hombre se empeñe en el sacrificio es fácilmente comprensible: responde a los esquemas "jurídicos" de nuestra concepción del bien. La balanza. La diosa ciega. El ojo por ojo. Hago esto para que tú hagas esto otro. Es una justicia "bajo nuestro control". El mal heredado de la religión natural es ese deseo de disponer de un tranquilizador sistema de retribuciones. Por eso las parábolas de Cristo al respecto (hijo pródigo, jornalero de la última hora...) son irritantes a nuestros ojos. Pero la fe consiste en la confianza, no en la disposición y el control.

Jesús Beades dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Jesús Beades dijo...

Gracias por tu aportación, Miriam. Sí que hemos aprendido siempre que la Redención operó a través de un "sacrificio"; pero si Cristo llegó para derrocar todo ídolo, para hacer carne la Verdad, y superar la Ley, inaugurando el Reino, entonces ese sacrificio tiene que ser por entero de otra índole, ha de ser otra cosa diferente al cortejo cruento de víctimas propiciatorias, que es la historia de las religiones. Ratzinger, para discutir la visión de sacrificio retributivo anselmiana proponía la idea del "exceso", como forma de ser de Dios. Lo que a nuestros ojos es sacrificial, para Dios no es si no el "desbordarse" de su forma íntima de ser. Con actos sorprendentes, y que nunca hubieramos podido prever. De hecho, el sacrificio era a los dioses, o a Dios, y aquí es Dios mismo quien invierte la ecuación, y se entrega Él. Pone todo patas arriba. Refunda. Y esa refundación, o nuevo nacimiento, ha de comportar una forma distinta de ver lo sacrificial. ¿Cuál? That's the question.

Antonio Javier Sánchez Risueño dijo...

No puedo dejar pasar esta entrada sin recordar a René Girard. Hace ya mucho tiempo que no lo releo y ya pasó mi fervor girardiano. Me queda un recuerdo no del todo preciso. Pero es interesantísima su interpretaciín del Gólgota. La violencia mimética inevitable en toda sociedad lleva a una guerra de todos contra todos que pone en peligro la conservación del cuerpo social. Es en ese momento de máxima crispación cuando toda la violencia acumulada se focalica en un único sujeto o en un grupo que presenta alguna marca distintiva. El imperio de Satanás consiste en ese mecanismo sacrificial que exige la supresión del otro para retornar a una paz social siempre precaria. La víctima concentra en sí,sin posibilidad de que su voz sea escuchada o atendida, cuanto es perverso y repugnante. Su presencia es infecciosa, contamina el mero contacto con ella; es la responsable de todas las calamidades que sacuden a la comunidad.
Pues bien, en Cristo se reproduce este mecanismo diabólico de violencia sacrificial, de focalización de las tensiones y envidias en un "chivo expiatorio".
Este proceso siempre ha quedado transfigurado en el mito, que lo recubre e impide su cabal reconocimiento. Lo peculiar del sacrificio de Cristo es que rompe la falsa conciencia mitológica y hace manifiestas toda la mendacidad y abyección que sustenta el proceso. La víctima no es definitivamente ahogada y silenciada interiorizando la culpa que sobre ella proyecta el grupo. Reivindica su inocencia, revienta la farsa y pone de manifiesto los resortes del mecanismo generador de nuevas vístimas en que parece consistir la historia.
Mucho más podría hablarse de esto, pero el tiempo que tengo ahora no me lo permite y tampoco quisiera abusar de la paciencia del lector.

Jesús Beades dijo...

¡Abusa, abusa!

Miriam dijo...

Gracias a tí, Jesús (y tus compañeros), por este blog. Y gracias por tu respuesta. Me da mucha miga para reflexionar. Me ha gustado la referencia de Ratzinger: efectivamente, Dios es sorprendente.

Os seguiré siguiendo.