miércoles, 9 de septiembre de 2009

Becerros de oro

Imagina José Jiménez Lozano, en Historia de un otoño, (gracias, Antoine), este diálogo entre la Madre Du Mesnil, presa tras la destrucción de Port Royal des Champs, al Arzobispo de París, Cardenal de Noailles:

"Este destierro y la destrucción de nuestro monasterio me han producido muchas amarguras y también decepciones de los hombres y precisamente de aquellos de quienes me había imaginado que nunca lo dejarían destruir, ni permitirían esta nuestra soledad y deshonor. Pero, al fin y al cabo, es natural que los hombres decepcionen. Esa decepción nos ayuda a no convertirlos en ídolos".

Lo he recordado ante la carta de un Legionario de Cristo, tras los escándalos de su fundador:

"Si bien no podemos olvidar que él es nuestro fundador e hizo mucho bien, tampoco podemos negar que los hechos que han salido a la luz no pueden ser, en modo alguno, considerados como un modelo a seguir para las generaciones presentes y futuras. Todo esto debe conducirnos a lo esencial: colocar, aún más, el centro de nuestra vida en Jesucristo."

¿Enésima versión del Felix culpa? Tanto las amenazas de Infierno a las hermanas de Port Royal, como el fenómeno Maciel, son males objetivos, y personalidades eclesiásticas han escandalizado con su comportamiento, no sólo a las gentes de su tiempo, sino de todos los tiempos. Jamás se olvidará el jardín arrasado del monasterio, por ceder la Iglesia ante el Rey de Francia, como la viscosa historia del fundador de los Legionarios. Pero en ambos textos aparece una casi feliz declaración de principios: así no crearemos ídolos. El reverso de "nadie es bueno sino Dios", la renuncia forzosa –de la necesidad, virtud– al becerro dorado.

Pienso ahora que hay dos estadíos en la fe eclesial. Al principio, tras la ceguera de la primera conversión, o el primer entusiasmo, todo lo eclesial, lo jerárquico, se percibe como prístino e intocable, frente a los sucios caminos del mundo y sus poderes. Y cuando aparece el escándalo, éste lacera como un látigo que hiciese tambalear la fe. Pero quizá haya otro momento, al que sólo se accede tras cierta catársis (algo se le dijo a Nicodemo), en que se ven estos escándalos, esta ausencia de Dios de los "hombres de Dios", casi como necesarios. O al menos, inevitables. Aunque sospecho que para entrar en posesión de ese segundo estado haga falta una verdadera conversión, una inmersión en la oscuridad, el desapego total de todo lo "idolátrico": entusiasmo por el Papa, por los "fundadores", por los objetos de culto, con lo "comunitario", lo "eclesial", todo ese orgullito interior por ser "de los buenos".

Dijo Ratzinger cierta vez que, a lo largo de la Historia, cuando la Iglesia no ha sabido renunciar a sus riquezas y su poder, le han sido arrebatadas por la fuerza. Quizá ocurra lo mismo con este fenómeno. Si le otorgamos atributos divinos al mensajero, el Cielo permitirá que lo veamos romperse. Como si el velo del templo no dejara de rasgarse por la mitad, una y otra vez. Quizá sea una vertiente –esperanzadora, al cabo– de lo que dijo el Maestro: Yo estaré con vosotros hasta el fin de los tiempos. Esperanzadora, pero difícil. Que se lo digan a ese pobre legionario de Cristo, o a la Madre Du Mesnil.

6 comentarios:

Suso Ares Fondevila dijo...

La cuestión es que por mucho oro que tenga el becerro, no olvidar que no es más que un becerro. Antonio Gala dijo en una ocasión que lo tentador no era el becerro de oro, sino el oro del becerro. Pues eso: ver desde ya que, por mucho oro que tenga, becerro es y nada más que un becerro.

Luis de Miguel dijo...

... Y todo ese "orgullito interior" por no ser de la inmensa masa de los tontitos, beatos, ciegos y entusiasmados bobalicones, que confunden la velocidad con el tocino. Todo ese "orgullito" de pata negra cabreado de que cualquier imbécil tenga la osadía de considerarse, o querer ser "de los buenos", cuando "de los buenos" sólo él y quienes él decida.
¿No es "orgullito" ese empeño cansino en denostar, ridiculizar, juzgar lo que sí y lo que no, y trazar la raya: de ahí pallá todos idólatras, memos, y estadío1 parvular y deslumbrao; y de ahí pacá, osea yo, estadío2, inmersión en la oscuridad, conversión al cuadrado y catarsis al cubo. Cojonudo que soy, no como esos gilipuertas.
Teniendo razón, la pierdes. Te puede el "gracias, porque no soy como esos". ¿Qué te crees que es el orgullito más que el "no como esos"?
¿Y qué sabes tú de los esos ni de los estos, qué sabes tú de su conciencia, joder, qué sabes de lo que ocurre en lo secreto de cada uno y de qué modo se ponen, a solas, porque eso es siempre a solas, en presencia de Dios? Si es que no te molesta, claro, suponiendo que no tengas la exclusiva, que lo parece.

Venga tío, crece, y deja el juicio del prójimo, el menosprecio y la estaca de una puta vez.

Jesús Beades dijo...

Luis de Miguel:

no creo haberme puesto en ningún lado de la clasificación. Cualquier clasificación dúal es un reducción, una abstracción, y doy por supuesto que entre estos dos estadíos hay todo un mundo de posibilidades, tantos como personas. Cuando digo "Aunque sospecho que para entrar en posesión de ese segundo estado haga falta una verdadera conversión", dejo bastante claro que no me considero incluido. De hecho, no hablo de mí en absoluto.

Sin embargo, insisto en la existencia de una actitud idolátrica hacia lo eclesial (que es idolatría de las criaturas, después de todo), porque yo mismo la he vivido. Hay personas que jamás, jamás admiten nada malo de "la Iglesia" (es decir, la institución, los curas, el Papa); lo minimizan, dicen que son campañas de los medios anticlericales, y en el caso desesperado en que sea imposible negarlo, aducen que es un fallo humano puntual, pero que la Iglesia como tal, etc. (Léase también opus, kikos, lo que sea). No pueden admitirlo porque su fe es "demasiado eclesial" (en realidad, clerical). Si el Papa fuera un golfo, se tambalearía su confianza interior en el Evangelio. Normalmente, va unido al desconocimiento de la Historia, pues Papas golfos ha habido unos cuantos. -En ese sentido, consuela mucho leer la Divina Comedia.

Aparte de los argumentos, que son lo primero, ¿quién eres tú para dirigirte a mí con ese tono? El que se pica...

Alejandro Martín Navarro dijo...

Aunque la cosa no va conmigo y Jesús ha contestado perfectamente, me meto...

Es gracioso ver, Luis, como te ofendes por una reflexión genérica, y luego tú te permites, desde el anonimato, adoptar ese tono agresivo (y poco caritativo, la verdad) para juzgar bastante... Vaya, vaya...

Pero no: no es "orgullito ese empeño cansino en denostar, ridiculizar, etc.", sino un sano intento por profundizar en la fe y en el peligro de desvirtuarla. No se trata de juzgar personas, porque, como bien dices, nadie sabe qué hay en el interior de las personas. Pero sí se puede -y se debe- juzgar actitudes, porque algunas nos ponen en peligro de arruinar lo más importante, lo más auténtico del mensaje cristiano..

Suso dijo...

A Luis Miguel ni caso. Escribe desde el resentimiento del que tiene algo paersoal contra ti.

De eso sé algo.

¡¡¡Compré el libro de Muñoz Rojas!!!

Anónimo dijo...

No merece la pena dialogar o entablar conversación con personas tan grandilocuente y con tanta experiencia en los gestos cotidianos del projimo.
Por cierto recomiendo "Rescoldo" de Jose Antonio Muñoz Rojas de la editorial Point de Lunettes.
Escribe el poeta " EL BARRO es tu palabra,/el barro se hace carne en tu palabra".
Saludos a todos los tabernarios.
Por cierto Jesús estoy enfermo de neumonía , ese fue el motivo de no acudir a la cita del pasado martes.
R. Simón