lunes, 23 de febrero de 2009

Razón e Inquisición (anotaciones sobre la fe ciega)

Analizar con detenimiento la historia de la Iglesia lleva fácilmente a la conclusión de que el camino hacia Cristo no es un camino hacia el bien, sino hacia el mal. Las disputas, odios, guerras, condenas, apenas dejan ver al Dios de los lirios del campo, del Sermón de la Montaña y del hijo pródigo. Darse cuenta de esto es crucial para entender todo lo demás: elegir el camino de la cruz significa adentrarse en un desierto plagado de demonios, en donde nos esperan las tentaciones más sutiles, los pecados más perversos: justo aquéllos contra los que apenas advierte ningún catecismo.

El argumento de muchos cristianos es que esos males se hicieron “en nombre del” cristianismo, pero por gentes que no habían entendido el mensaje de Cristo. En realidad, ésta es la misma maniobra de evasión de ciertos ateos: si se les señala que un régimen ateo como el soviético torturó y mató a millones de personas, responden que no lo hizo en nombre del ateísmo (por ejemplo, aquí). La realidad es la contraria: aunque evidentemente ningún ateo pudo matar a nadie en nombre de un "No-Dios", sí lo hizo -y a menudo- siguiendo una lógica inherente a la visión no trascendente del hombre. Lo cierto es que, por encima de uno y otro caso, hay algo perverso en toda voluntad de sistema, un impulso que sólo puede ser satisfecho al modo de la dominación o la aniquilación. Y ello es así porque, como decían Horkheimer y Adorno, el sistema es, en sí mismo, lo falso: la realidad es despliegue, la verdad es movimiento, y querer disponer de una sujeción para la totalidad de lo real es, propiamente, “idolatría”, sumisión a una estructura humana de ideas que pretende autovenerarse como espejo de la verdad. El cristianismo sólo se salva de esta maldición si renuncia a concebirse a sí mismo como sistema, o dicho de un modo más provocativo: si renuncia a concebirse a sí mismo como religión. Pero eso implica una gran renuncia a la que no siempre estamos dispuestos los cristianos: renunciar a las certezas, a los ritos mágicos, al reconfortante cobijo de la ley, al aspecto “natural” de lo religioso. Es el mismo cobijo que buscaban las masas fanatizadas por el totalitarismo ateo: "al menos disponemos -se decían- de la verdad sobre la historia y sobre el hombre". ¡Ah, qué reconfortante es la ecuación que desvela hasta los últimos enigmas del ser! Y es esa visión sistémica del cristianismo la que llevó al Cardenal Bellarmino a sostener, durante el juicio a Galileo, que “afirmar que la tierra gira en torno al sol es tan erróneo como afirmar que Jesús no nació de una Virgen”. Sí, así de cruel es la voluntad de sistema: nos otorga un mundo quieto en el que sentirnos seguros, un plan de vida con el que ser piadosos, unas normas con las que ser morales, pero todo ello a costa de taponar cualquier resquicio de acceso a lo real. Todo sistema refleja una minoría de edad de la razón. Y, contra lo que consiguen ver muchos cristianos, es justamente ésa la renuncia que pide Cristo cuando habla de los lirios del campo. Renuncia, pues, en nombre del abandono a la pura contingencia de un devenir del que no podemos disponer nosotros. En nombre de la aceptación gozosa y lúdica de la vida experimentada como “don”.

Gómez Dávila decía que la Inquisición tenía la ventaja sobre las contemporáneas formas de exterminio (de Auschwitz a Siberia) el que, al menos, su objetivo era la salvación del hombre, y no su aniquilación. Aunque la apreciación es inteligente, yo pienso que es más bien al revés, y que esa falsa concepción de lo que es “salvar al hombre” la vuelve especialmente perversa, doblemente maligna. Ganar la vida eterna del hombre a costa de su vida terrenal es quizá la expresión más aniquiladora de un cristianismo convertido en (enésimo) sistema de pensamiento. Por lo demás, muchos de los males que los ilustrados atribuyeron al cristianismo se repitieron con igual o mayor intensidad al abrigo del pensamiento racional. Mi amigo teólogo Jaime, al que ya he citado en otras ocasiones, me hizo ver que la Inquisición llevó a cabo una depuración de ancestrales formas de pensamiento mágico que permanecían profundamente arraigadas en el hombre europeo. Si nos horroriza su fanatismo, es porque queremos ocultar que a ella debemos la derrota de sus aún más temibles adversarios: el maniqueísmo satanizaba el cuerpo y el mundo, el animismo y el fetichismo entretenían a la razón y la apartaban de la contemplación serena de un mundo regido por leyes, las heterodoxias milenaristas hubieran hecho vano el trabajo histórico y postrado al hombre a la espera de un inminente final. ¿Qué habría sido de una Europa arrastrada por esas formas de pensamiento? Podemos rajarnos las vestiduras o negarnos a reconocerlo para mantener nuestra propia imagen de racionalistas inmaculados, pero lo cierto es que el racionalismo europeo es, en no poca medida, una locomotora que corrió por los raíles de la Inquisición.

Por eso es vano tratar de medir la intensidad de una fe ciega en función de su cercanía con respecto a la religión: ¿por qué tanto estremecimiento ante las atrocidades de una institución responsable de la muerte de varios miles de personas a lo largo de cinco siglos cuando, en los tiempos en que mi abuela era una veinteañera, la misma Razón ilustrada y totalizadora que pensó librarnos de la fe ciega torturaba liberales, incineraba judíos y modelaba el mundo entero siguiendo el plan de una obra de arte total? La violencia contra la alteridad no es un rasgo del pensamiento religioso, sino del pensamiento mismo, en tanto todo pensamiento es, en cierto estado de desarrollo, pre-crítico y sometido a la lógica de la supervivencia y la cohesión. Como mostró Durkheim hace ya tantos años, la religión ha sido el núcleo de cohesión social más importante de la historia. Antes de verse sustituida por la solidaridad económica basada en una división compleja del trabajo, ponerla en cuestión era tan peligroso como para nosotros ver caer las Torres Gemelas, y sus oponentes eran tan temibles como para nosotros los terroristas, los psicópatas y los violadores. No es la religión la que produce la violencia, sino el temor a dejar de disponer de la propia vida, al resquebrajamiento del orden social que nos mantiene vivos, a la eclosión del caos, la arbitrariedad y la incertidumbre. Por eso, la única teología de la liberación que necesitamos es la que nos libra de la idolatría de las ideas, no la que nos arroja a los pies de una nueva.

10 comentarios:

Suso Ares Fondevila dijo...

Frente al círculo cerrado del sistema, la cruz abierta de la vida cristiana: "La esfera y la cruz", de Chesterton.
Y, una vez más, un "pinchito" poético, con vuestro permiso, en la línea de lo apuntado:

AL OTRO LADO

Vida siempre
al otro lado,
en la otra vera,
más allá
de mi flaco más acá.
Hay que saltar, siempre, y no quedarse
donde el círculo se cierra,
hasta hacerse cruz,
hacia el sur y hacia el norte,
hacia el este y hacia el oeste,
como apuntan los maderos.

RADIOMARIANO dijo...

Me lo decían mis catequistas y me lo decía mi profesor de fenomenología de la Religión, el cristianimo no es una religión, ni un conjunto de ideas, sino una persona, Jesucristo, y es cierto, si no hay encuentro con Jesucristo lo demás puede valer como cultura de circustancias, pero Jesucristo no ha venido para impartir cultura sino para salvar al hombre.

Pablo dijo...

Respondo a la tesis de que los ateos han matado "a menudo siguiendo una lógica inherente a la visión no trascendente del hombre". No sé cuál es esa lógica, pero sobre todo, no creo que esa lógica, "esa visión", sea una sola, ni me parece correcto acusar al ateísmo de negar algún supuesto aspecto fundamental del hombre, cuando ese aspecto es un concepto metafísico que no está en el campo compartido de la discusión. La palabra "trascendencia", al entrar de esta forma a la discusión, es casi una petición de principio.

De la misma manera, mezclar retóricamente y por lo tanto asimilar "ateísmo" con "totalitarismo ateo" también es una petición de principio. El ateísmo individual y la aceptación social del ateísmo no son lo mismo que el totalitarismo ateo.

Con respecto a la religión y al ateísmo dices: "Lo cierto es que, por encima de uno y otro caso, hay algo perverso en toda voluntad de sistema, un impulso que sólo puede ser satisfecho al modo de la dominación o la aniquilación." Pero el ateísmo no pretende ser un sistema. Un sistema totalitario puede imponer el ateísmo pero sólo como efecto secundario de la imposición de su propia estructura de creencias (para aplastar la competencia de otras creencias). Cada religión es en sí misma un sistema; el ateísmo no lo es.

Me ha resultado muy interesante el punto de vista de arriba, aunque no coincida con la implicación ateísmo->totalitarismo. No tengo estudios filosóficos y opino, como Jorge Luis Borges hizo decir a un personaje en algún lugar, que la metafísica y la teología son dos ramas de la literatura fantástica... También decía (coincidiendo) que un sistema es una subordinación de todos los aspectos de la realidad a uno solo (arbitrario). ¡Saludos!

Alejandro Martín Navarro dijo...

Pablo:

no veo a qué petición de principio te refieres. El ateísmo niega la existencia de una dimensión trascendente (no natural) en el hombre. Yo no trato de probar que existe algo trascendente en el hombre, simplemente constato que el ateísmo lo niega.

En todo caso, lamento si mi entrada ha dado a entender que yo identifico "totalitarismo" y "ateísmo". Ni por asomo. Lo que hago es quejarme porque se critica las derivas totalitarias (o en todo caso fanáticas) de la religión, y se olvidan las derivas totalitarias (o fanáticas) del ateísmo. Y lo que digo es que esas derivas no son el fruto necesario de la religión (ni del ateísmo), sino de la pretensión de disponer de un sistema ideológico que de cuenta de la totalidad de las cosas.

"Cada religión es, en sí misma, un sistema. El ateísmo no lo es". El problema es que, "en sí mismos", ni la religión ni el ateísmo son nada. Hay que ponerles adjetivos para hablar de algo concreto. La religión pietista, por ejemplo, tenía muy, muy poco de sitema, mientras que el ateísmo marxista, mucho, muchísimo. Un sistema totalitario es UNA deriva posible del ateísmo, igual que la Inquisición es UNA deriva posible de la religión cristiana. Por eso, ambos deben ser depurados por la crítica, que es una tarea de la razón filosófica.

Por último, estoy de acuerdo con Borges. Pero, posiblemente contra su intención, creo que ser parte de la literatura (fantástica o no) no le resta un ápice de valor a ningún discurso.

Alejandro Martín Navarro dijo...

Suso, gracias por el poema. Muy acertado.

Radiomariano: efectivamente, Cristo es lo esencial. Sin él, el cristianismo es una mera ideología. En todo caso, tu afirmación de que "no ha venido a impartir cultura", junto con otros comentarios que has vertido en este blog, sugieren cierto rechazo a la actividad intelectual. Si es así, discrepo. No creo que en nombre de la piedad se deba rechazar la argumentación, la discusión y el análisis. Una reflexión bien hecha a tiempo ahorra mucho mal espiritual. Ejemplos da la historia (y el presente).

Suso Ares Fondevila dijo...

Una de las tendencias irrefrenables del cristianismo en todos los momentos de su historia es la de plegar hacia dentro los brazos de su cruz, de modo que, dejando de ser frente abierto en todas las direcciones, se convierta en esfera, donde se consigue la perfección al precio de no dejar entrar ni salir la vida: expulsada ésta, el cristianismo se convierte en sistema, un organigrama dogmático y social que asfixia al Viviente. Pero éste puede siempre más, y a través de sus santos centrífugos consigue que vuelvan los maderos a su posición, la que se extiende hacia el norte y el sur, el este y el oeste, hacia delante y detrás, hacia arriba y abajo, cruz que expande la vida y rompe todas las esferas.

RADIOMARIANO dijo...

Me ha gustado el poema, Suso. ¿Tienes alguno hecho a la Virgen María que puedas compartir? Es para mi recopilación (ya tengo 300).

Alejandro, ciertamente la razón, la cultura son importantes y necesarias en el día a día, como el sol y el aire, pero en la Jerusalén celeste no habrá ni día ni noche, ni catedrales, ni Summa Teológica, pues allí Cristo será todo en todos.

Buen jueves en el Señor, despues de Ceniza.

Alejandro Martín Navarro dijo...

Yo, sin embargo, espero que en la Jerusalén Celeste haya día y noche, catedrales y Suma Teológica, madre, padre, hermano, amigos, y mi gato Mateo, y que el ser "todo en todos" de Cristo no signifique la aniquilación de cuanto fue bueno y hermoso en nuestras vidas y tuvo valor para nosotros.

RADIOMARIANO dijo...

El 6 de diciembre de 1273 decía fray Tomás de Aquino la misa en la capilla de San Nicolás, de Nápoles. Arrebatado en éxtasis, tuvo una visión extraordinaria, y tan tenaz, que fue preciso volverle en sí violentamente. Desde entonces quedó extrañamente transformado. Había llegado en la Summa al tratado de los Sacramentos, y no escribió más. Muy triste de que aquella grande obra quedase incompleta, fray Reginaldo le importunaba, diciendo:

—Padre, ¿cómo podéis dejar así ese libro, que habéis empezado para la gloria de Dios y la iluminación del mundo?

Tomás respondía:

—No puedo más.

Pero de tal modo insistió aquel buen amigo, consejero, amanuense y confesor del santo, que Tomás se vio obligado a revelar su secreto:

—No puedo más—le dijo—; lo que he escrito, comparado con lo que he visto, me parece ahora como el heno.



Decía el Evangelio que en la Casa del Padre había muchas moradas. Supongo también habrá sitio para el gato Mateo. Me encantará conocerle. Buen domingo a todos en el Señor

Alejandro Martín Navarro dijo...

Sí, algo me suena la historia esa de Santo Tomás... Sólo que a mí me parece una anécdota horrible, típica de cierto impulso nihilista empeñado en que Dios invalide las pequeñas y mezquinas obras de los hombres.
Me quedo con la historia del Evangelio. Es más cristiana que la anécdota del Aquinate...