martes, 14 de abril de 2009

La jactancia moral y las virtudes de nuestros vicios

Ponderaba Antonio Machado, refiriéndose a su heterónimo Juan de Mairena, la ausencia de jactancia moral como uno de los rasgos que más ennoblecía y dignificaba su carácter. Lástima que no disponga aquí del texto para que el lector lo tenga ante sus ojos.
La anécdota machadiana. Venía a decir Mairena que aún teniéndose por hombre poco o nada inclinado al latrocinio no sería capaz de asegurar con firmeza que, si las circunstancias son óptimas, le suspenda el reloj a su vecino. Uno se para a pensar y no sabe qué desastre hubiera sido su vida, la de uno, si no hubiera estado arropada por innúmeros defectillos e imperfecciones, de esos que a uno le avergüenzan y le hacen verse ridículo ¡Ay, las veces que hemos metido la pata hasta el fondo y querríamos que nos tragara la tierra! No sé si hablar hasta de la bondad de algunos de nuestros vicios o, bueno, quizá no vicios, pero al menos tendencias desordenadas y difíciles de dominar ¿No serán quizá algunas de nuestras faltas pertinaces las que nos defiendan de que nos despeñemos en la cerrazón y atrofia espirituales más invencibles? Es verdad que las Escrituras nos llaman a ser santos como Yahveh es santo, perfectos como el Padre celestial ¿Pero no será acaso sensible a tamañas exigencias sólo el hombre que se sabe herido e impotente en alguna dimensión de su ser?
Hablaba San Pablo, misteriosamente, de un aguijón que llevaba en la carne y que no podía sufrir. A veces pienso si no fue ese aguijón una tentación persistente o un remordimiento o una falta cometida que, paradójicamente, le daba fuerza para evangelizar, para dejarse el pellejo, soportar toda afrenta, abrazar todo dolor... si con ello se avivaba y extendía la llama del evangelio. Creo no equivocarme en la cita: él dijo aquello -¿no?- de que cuando soy débil es cuando soy más fuerte.
Tampoco se trata de caer en el luterano "peca con fuerza y cree con fuerza" (no recuerdo el latinajo). Es verdad que no toda inclinación negativa nos abre a la realidad que somos y nos hace disponibles. Los pecados puramente espirituales nos encierran siempre en el minúsculo y triste recinto de nuestro ego. Nada bueno puede venir del odio, el orgullo, el resentimiento, la envidia... Tal vez sean los pecados o tendencias más vinculados a la carne (en sentido amplio), aunque no sólo esos, los que hienden la muralla que hemos construido en torno a nuestro yo para finalmente reducirla a un montón de escombros ¿No serán el alcohólico, el ludópata, el lujurioso, el vago... los que, al ser tan visible su pecado, a veces de apariencia tan humillante, no serán estos, digo, los que más fácilmente se abren a la fuerza de la gracia? (Caigo ahora en la cuenta de que me refiero a ellos como extraños, en tercera persona ¡Dios, cómo somos!).
Bueno, a fin de cuentas, si nos ponemos a pensar, es claro que esto no es más que una glosa de la parábola del fariseo y el publicano.
Me acuerdo ahora de algo que dice el amigo Beades y que creo muy cierto: al final se nos juzgará -para bien y para mal- por aquello que más se alejaba de la luz de la conciencia, aquello que estaba en nosotros y no lo percibíamos de puro inmediato y transparente que era. El Juicio debe de ser un reparar en lo obvio, un "¿cómo no me di cuenta de esto si era evidente?".

3 comentarios:

Máster en Nubes dijo...

Suelo leeros siempre de manera silenciosa (por dentro y por fuera también). Pero hoy no puedo. Me ha gustado mucho esta entrada, mucho.

Venía pensando estos días en esto, que más pecadora soy más me siento en manos de Dios, no como coartada, espero, para fastidiarla(me) una y otra vez.

A menudo me pregunto cuál es ese pecado que dicen que no se perdona, el que está contra el espíritu, creo recordar. Quizás algo tiene que ver con la jactancia moral, quizás. Vosotros sabréis quizás...

Un abrazo y gracias por este blog que tanto me ayuda

Aurora

Alejandro Martín Navarro dijo...

Ojalá sea como dices. Si no... no sé qué será de nosotros, los vagos.

Jesús Beades dijo...

Qué bien suena eso último, redactado por ti, Antoine. Y además, resumidito. Yo me hubiera extendido mucho más, para decir acaso mucho menos.