Estaba en Sevilla, junto a la Plaza del Salvador, el Lunes Santo. Aún tenía en mente los inteligentes comentarios que se hicieron, en este blog y en otro, a la última entrada, cuando me vi en la tesitura de explicarle a un amigo musulmán el sentido de la Semana Santa, así que tuve que hablarle de asuntos como la Trinidad y las imágenes. Yo me creía capaz de explicar más o menos bien estas cosas, pero su cara delataba un asombro e incomprensión que rara vez he visto. Lo entiendo: el Islam es demasiado místico para la meticulosa teología cristiana (¡y encima explicada por mí!). Ve en Dios algo fundamentalmente inefable, un poco al modo en que los neoplatónicos hablaban de lo Uno como el “epekeina tes ousías” (lo que está más allá del ser), y todo intento de describir su naturaleza –si quiera metafórica, aproximativamente– le resulta vano, e incluso blasfemo. Por ello mismo considera idolátrico el santoral y las representaciones cristianas: si Dios es irrepresentable intelectualmente, ¿cómo podría serlo estéticamente? Además: da la impresión de que los cristianos –como comentábamos en la última entrada de este blog– veneran demasiado esas representaciones. Parecen confundirlas con Dios mismo.
He de decir, en todo caso, que pocos judíos o musulmanes son conscientes de que este fenómeno afecta más a su fe de lo que ellos querrían reconocer: por un lado, la fuerza estética de lo negativo (las Escrituras que no pueden ser tocadas, el Sancta Sanctorum o la Kaaba que no puede ser penetrados), y por otro, lo intensamente idolátricas que acaban siendo ciertas observancias religiosas (la impureza del cerdo, el número definido de oraciones diarias, etc.), en las que el acto normativo mismo, en su pura materialidad, es confundido con la piedad y el amor.
Y aquí radica la fundamental paradoja del cristianismo, que es también su grandeza: comparte con las otras religiones del Libro una lucha encarnizada contra la divinización de lo finito. De ahí el potencial crítico y emancipador de las grandes religiones. Pero al mismo tiempo combate, atento al misterio de la Encarnación, la tentación mistificadora del monoteísmo: Cristo, el Dios hecho Hombre, anuncia que el Reino de Dios no viene en forma alguna, sino que “está entre vosotros”. El Dios-Uno no es simplemente lo Otro del mundo: aquello que no debe ser confundido con nada terrenal, y ante lo cual todo lo creado viene a ser sombra y nada. Es también aquello que sobreviene como cuerpo y como presencia en la historia. Nada más normal para el cristiano, pues, que esta relación irónica con lo sagrado, a ratos ridícula y a ratos blasfema. Pues blasfemia es la ruptura del Velo, y por eso es Cristo mismo blasfemo a ojos de los judíos. Pero lo que allí es blasfemia, aquí es Redención. Pues Aquél que está más allá de todo, es aquí, para nosotros, Emmanuel: un Dios al que pasean por las calles, pues Él es tiempo, carne, madera e historia.
miércoles, 31 de marzo de 2010
sábado, 27 de marzo de 2010
El chivo expiatorio y la religión de Cristo
Llega la Semana Santa, y yo sigo leyendo a Girard. Cuando llego a Sevilla, me cuentan en casa que los capillitas de esta tierra mariana andan mosqueados con el pregón de García Barbeito, que no ha nombrado una sola Hermandad en toda la hora y media que estuvo hablando. Y me acuerdo inmediatamente del relato de una compañera de trabajo, que asegura haber visto a sus devotos paisanos granadinos pasando un pañuelo por el paso de Nuestra Señora de las Angustias para guardarlo piadosamente después en sus bolsillos. Pienso que la cuestión ya no es si este tipo de comportamientos pueden, no obstante, esconder una auténtica fe no idolátrica, sino si, en sí mismos, son compatibles con dicha fe.
Mi relato es caótico, así que mi reflexión será pobre. No importa: el hecho es que llega el tiempo en que celebramos que Cristo se ofrece a sí mismo como Víctima. En pie está la pregunta de si Cristo como Víctima -incluso como Víctima Resucitada- es el último objeto de adoración de los cristianos y en qué medida. Recuerdo las palabras de Lessing acerca de la diferencia entre la religión de Cristo y la religión cristiana: entre la religión que tuvo Cristo y trató de enseñar, y la que practican los cristianos al convertirlo a Él en objeto de adoración. ¿Será verdad que, como dice Girard, "son los mismos homicidas quienes sacralizan a su víctima"? ¿sacralizamos entonces la persona de Cristo como modo de expiar, en Él, nuestro propio mal, en lugar de venerar aquello que Él representa y realiza en sí mismo?
Mi relato es caótico, así que mi reflexión será pobre. No importa: el hecho es que llega el tiempo en que celebramos que Cristo se ofrece a sí mismo como Víctima. En pie está la pregunta de si Cristo como Víctima -incluso como Víctima Resucitada- es el último objeto de adoración de los cristianos y en qué medida. Recuerdo las palabras de Lessing acerca de la diferencia entre la religión de Cristo y la religión cristiana: entre la religión que tuvo Cristo y trató de enseñar, y la que practican los cristianos al convertirlo a Él en objeto de adoración. ¿Será verdad que, como dice Girard, "son los mismos homicidas quienes sacralizan a su víctima"? ¿sacralizamos entonces la persona de Cristo como modo de expiar, en Él, nuestro propio mal, en lugar de venerar aquello que Él representa y realiza en sí mismo?
sábado, 27 de febrero de 2010
martes, 19 de enero de 2010
¿Tiene razón Munilla?
El obispo dijo, al parecer, algo así como que "nuestra" situación espiritual era más digna de lástima que la situación material de Haití. Como se sabe, la cosa ha dado que hablar. José María Castillo está muy indignado porque considera que las palabras del Obispo suponen un desprecio a la vida, don dado por Dios. Pero olvida que el mismo Dios que da la vida, la quita. Olvida que es Él el que permite –incomprensiblemente– que los niños mueran asfixiados bajo los escombros. “Munilla -dice Castillo- valora más la religión que la vida”. Esta falacia sería tanto como decir de un bombero que entra en un edificio ardiendo que valora más su profesión que la vida. O de quien sufre martirio, que valora más su ideología que la vida.
Estos que hablan con tanta indignación, que se rasgan las vestiduras, y que citan profusamente las Escrituras, deberían juzgar menos y escuchar de un modo algo más benévolo lo que dice un hombre que, obviamente, no desprecia el sufrimiento de los haitianos. ¿Qué clase de cerrazón mental anticlerical lleva a alguien a suponer que, efectivamente, el señor Munilla es tan perverso como para despreciar el sufrimiento de quien ha muerto en un terremoto? En el blog de Jesús Zamora se defienden sofismas similares, e incluso ciertos comentarios dan a entender que los clérigos católicos anteponen su negocio como "administradores de la fe" al sufrimiento y la muerte de miles de personas inocentes. Dicho en plata: que la muerte de miles de haitianos les preocupa menos que el hecho de que la gente no vaya a misa ni se confiese. Y, además, todo ello bajo pseudónimos, enfadándose mucho, y convirtiendo los argumentos en fáciles insultos y descalificaciones, en una muestra más del pluralismo postreligioso.
Pero lo cierto es que es consustancial al creyente considerar que la vida, el proceso homeostático, no es, efectivamente, lo más valioso. Si lo fuera, ¿qué nos empujaría a dar la vida por defender ciertos valores: la justicia, el socorro mutuo, la paz...? ¿No implica ello que, efectivamente, ciertos valores valen más que la vida misma y que, a la inversa, perderlos es peor que perder la vida? "Más le valdría a ese hombre no haber nacido" (Mt, 23, 24), dice Cristo de Judas. Hay un mal que, efectivamente, es peor que carecer de vida. Peor que perder la vida. Ello no implica desvalorizar todo lo demás, sino ponerlo en su sitio. Se pongan como se pongan, el cristianismo debe defender que, efectivamente y como ya decía Sócrates, hay algo más digno de lástima que morir. ¿O no lo hay?
Estos que hablan con tanta indignación, que se rasgan las vestiduras, y que citan profusamente las Escrituras, deberían juzgar menos y escuchar de un modo algo más benévolo lo que dice un hombre que, obviamente, no desprecia el sufrimiento de los haitianos. ¿Qué clase de cerrazón mental anticlerical lleva a alguien a suponer que, efectivamente, el señor Munilla es tan perverso como para despreciar el sufrimiento de quien ha muerto en un terremoto? En el blog de Jesús Zamora se defienden sofismas similares, e incluso ciertos comentarios dan a entender que los clérigos católicos anteponen su negocio como "administradores de la fe" al sufrimiento y la muerte de miles de personas inocentes. Dicho en plata: que la muerte de miles de haitianos les preocupa menos que el hecho de que la gente no vaya a misa ni se confiese. Y, además, todo ello bajo pseudónimos, enfadándose mucho, y convirtiendo los argumentos en fáciles insultos y descalificaciones, en una muestra más del pluralismo postreligioso.
Pero lo cierto es que es consustancial al creyente considerar que la vida, el proceso homeostático, no es, efectivamente, lo más valioso. Si lo fuera, ¿qué nos empujaría a dar la vida por defender ciertos valores: la justicia, el socorro mutuo, la paz...? ¿No implica ello que, efectivamente, ciertos valores valen más que la vida misma y que, a la inversa, perderlos es peor que perder la vida? "Más le valdría a ese hombre no haber nacido" (Mt, 23, 24), dice Cristo de Judas. Hay un mal que, efectivamente, es peor que carecer de vida. Peor que perder la vida. Ello no implica desvalorizar todo lo demás, sino ponerlo en su sitio. Se pongan como se pongan, el cristianismo debe defender que, efectivamente y como ya decía Sócrates, hay algo más digno de lástima que morir. ¿O no lo hay?
jueves, 3 de diciembre de 2009
sofòi y sinetòi
¿Quién me iba a decir a mí, cofundador de la Hermandad Orante por la Supresión de las Homilías en la Santa Misa por su Peligro para la Devoción y la Fe (HOSHSMPDF), que acabaría proponiendo una homilía como texto fundacional para esta Taberna? Es que debo ser un sinetòi.
sábado, 21 de noviembre de 2009
Dios y los obispos
Interesante texto para reflexionar...
Etiquetas:
autoridad,
Cristo,
José Mª Castillo,
obispos
jueves, 19 de noviembre de 2009
Dios, sólo Dios
¡Pobre de aquel que ve en la nada el justo pago de su existencia! Unamuno, con su egotismo invasivo, no dejaba de tener razón. El afán de inmortalidad, el deseo de perseverar indefinidamente en el ser propio (ese "conatus" del que Spinoza tratara "al modo geométrico" en su Ética), el resistirse con todo nuestro empeño al poder en apariencia omnímodo de la muerte... Todo eso es cosa de hombres recios y de una pieza, los que saben qué es tener un "yo" y gustan de habitar sus adentros. La fina punta del alma, la última de las moradas, que dirán los místicos. En realidad este "yo", el "singular" de Kierkegaard, sólo se alcanza por la referencia del propio existir a lo Absoluto personal que convoca e interpela. Que nos llama no sólo en la desnudez de la fe sino también en un ateísmo trágico, enérgico, en que la Nada nos reta. Por monstruos tomaba Pascal a aquellos hombres que se muestran indiferentes ante cuestión en la que les va el todo de su existencia.
Pero en ocasiones el ánimo no busca consuelo en esa esperanza de que la vida vence al abismo. No anhela compensaciones. Se atisba algo más hondo que puede llegar a colmarnos con un gozo transido de nostalgia. El propio ser se ha vuelto traslúcido. Nada quiere para sí. Se abre el espíritu a la realidad total, y una alegría asciende vertical como flecha lanzada al infinito: DIOS EXISTE. El ser en su plenitud desbordante, acto y vida sin término, es Bienaventuranza.
Pero en ocasiones el ánimo no busca consuelo en esa esperanza de que la vida vence al abismo. No anhela compensaciones. Se atisba algo más hondo que puede llegar a colmarnos con un gozo transido de nostalgia. El propio ser se ha vuelto traslúcido. Nada quiere para sí. Se abre el espíritu a la realidad total, y una alegría asciende vertical como flecha lanzada al infinito: DIOS EXISTE. El ser en su plenitud desbordante, acto y vida sin término, es Bienaventuranza.
sábado, 31 de octubre de 2009
Sacerdotes casados en la Iglesia Católica
Si no entiendo mal esto, el caso es que los sacerdotes anglicanos casados, que quieran hacerse católicos, podrán ser candidatos al sacerdocio católico. Y los que sean célibes, han de comprometerse al sacerdocio católico en el celibato, como es la norma occidental. Pero, ¿y esos sacerdotes anglocatólicos, que se quieren pasar al catolicismo, y que tenían prometida y se iban a casar? Muy fácil, se esperan, se casan, y ya se harán católicos más adelante, si ese es su deseo, ya casados. Al menos, no veo ninguna objeción legal. Antes de este gran paso, ya había muchos casos así.
Esta casuística me lleva a ver lo relativo que es todo este asunto del celibato apostólico. Es lógico que aquellos que sentían vocación sacerdotal y también matrimonial, allá por los tiempos del Vaticano II, y que se sintieron decepcionados al ver que no se cumplirían sus deseos, sus esperanzas de cambio disciplinar (conozco algún caso), ahora se pregunten ¿Y por qué los que vienen del anglicanismo, casados, pueden ser sacerdotes católicos, y yo no? No es una objeción fundamental, sino una derivada curiosa de las especiales circunstancia de estos pasos del ecumenismo, sí, pero... da que pensar, ¿no?
Esta casuística me lleva a ver lo relativo que es todo este asunto del celibato apostólico. Es lógico que aquellos que sentían vocación sacerdotal y también matrimonial, allá por los tiempos del Vaticano II, y que se sintieron decepcionados al ver que no se cumplirían sus deseos, sus esperanzas de cambio disciplinar (conozco algún caso), ahora se pregunten ¿Y por qué los que vienen del anglicanismo, casados, pueden ser sacerdotes católicos, y yo no? No es una objeción fundamental, sino una derivada curiosa de las especiales circunstancia de estos pasos del ecumenismo, sí, pero... da que pensar, ¿no?
lunes, 14 de septiembre de 2009
Becerritos de oro, o la mini-idolatría
Hoy es la Taberna la que apunta y dice ¡Amigo! Por seguir con los becerritos de oro, en otro orden de cosas. Ojo con la entrada -enlazada- de Suso: tiene miga tabernaria.
miércoles, 9 de septiembre de 2009
Becerros de oro
Imagina José Jiménez Lozano, en Historia de un otoño, (gracias, Antoine), este diálogo entre la Madre Du Mesnil, presa tras la destrucción de Port Royal des Champs, al Arzobispo de París, Cardenal de Noailles:
"Este destierro y la destrucción de nuestro monasterio me han producido muchas amarguras y también decepciones de los hombres y precisamente de aquellos de quienes me había imaginado que nunca lo dejarían destruir, ni permitirían esta nuestra soledad y deshonor. Pero, al fin y al cabo, es natural que los hombres decepcionen. Esa decepción nos ayuda a no convertirlos en ídolos".
Lo he recordado ante la carta de un Legionario de Cristo, tras los escándalos de su fundador:
"Si bien no podemos olvidar que él es nuestro fundador e hizo mucho bien, tampoco podemos negar que los hechos que han salido a la luz no pueden ser, en modo alguno, considerados como un modelo a seguir para las generaciones presentes y futuras. Todo esto debe conducirnos a lo esencial: colocar, aún más, el centro de nuestra vida en Jesucristo."
¿Enésima versión del Felix culpa? Tanto las amenazas de Infierno a las hermanas de Port Royal, como el fenómeno Maciel, son males objetivos, y personalidades eclesiásticas han escandalizado con su comportamiento, no sólo a las gentes de su tiempo, sino de todos los tiempos. Jamás se olvidará el jardín arrasado del monasterio, por ceder la Iglesia ante el Rey de Francia, como la viscosa historia del fundador de los Legionarios. Pero en ambos textos aparece una casi feliz declaración de principios: así no crearemos ídolos. El reverso de "nadie es bueno sino Dios", la renuncia forzosa –de la necesidad, virtud– al becerro dorado.
Pienso ahora que hay dos estadíos en la fe eclesial. Al principio, tras la ceguera de la primera conversión, o el primer entusiasmo, todo lo eclesial, lo jerárquico, se percibe como prístino e intocable, frente a los sucios caminos del mundo y sus poderes. Y cuando aparece el escándalo, éste lacera como un látigo que hiciese tambalear la fe. Pero quizá haya otro momento, al que sólo se accede tras cierta catársis (algo se le dijo a Nicodemo), en que se ven estos escándalos, esta ausencia de Dios de los "hombres de Dios", casi como necesarios. O al menos, inevitables. Aunque sospecho que para entrar en posesión de ese segundo estado haga falta una verdadera conversión, una inmersión en la oscuridad, el desapego total de todo lo "idolátrico": entusiasmo por el Papa, por los "fundadores", por los objetos de culto, con lo "comunitario", lo "eclesial", todo ese orgullito interior por ser "de los buenos".
Dijo Ratzinger cierta vez que, a lo largo de la Historia, cuando la Iglesia no ha sabido renunciar a sus riquezas y su poder, le han sido arrebatadas por la fuerza. Quizá ocurra lo mismo con este fenómeno. Si le otorgamos atributos divinos al mensajero, el Cielo permitirá que lo veamos romperse. Como si el velo del templo no dejara de rasgarse por la mitad, una y otra vez. Quizá sea una vertiente –esperanzadora, al cabo– de lo que dijo el Maestro: Yo estaré con vosotros hasta el fin de los tiempos. Esperanzadora, pero difícil. Que se lo digan a ese pobre legionario de Cristo, o a la Madre Du Mesnil.
"Este destierro y la destrucción de nuestro monasterio me han producido muchas amarguras y también decepciones de los hombres y precisamente de aquellos de quienes me había imaginado que nunca lo dejarían destruir, ni permitirían esta nuestra soledad y deshonor. Pero, al fin y al cabo, es natural que los hombres decepcionen. Esa decepción nos ayuda a no convertirlos en ídolos".
Lo he recordado ante la carta de un Legionario de Cristo, tras los escándalos de su fundador:
"Si bien no podemos olvidar que él es nuestro fundador e hizo mucho bien, tampoco podemos negar que los hechos que han salido a la luz no pueden ser, en modo alguno, considerados como un modelo a seguir para las generaciones presentes y futuras. Todo esto debe conducirnos a lo esencial: colocar, aún más, el centro de nuestra vida en Jesucristo."
¿Enésima versión del Felix culpa? Tanto las amenazas de Infierno a las hermanas de Port Royal, como el fenómeno Maciel, son males objetivos, y personalidades eclesiásticas han escandalizado con su comportamiento, no sólo a las gentes de su tiempo, sino de todos los tiempos. Jamás se olvidará el jardín arrasado del monasterio, por ceder la Iglesia ante el Rey de Francia, como la viscosa historia del fundador de los Legionarios. Pero en ambos textos aparece una casi feliz declaración de principios: así no crearemos ídolos. El reverso de "nadie es bueno sino Dios", la renuncia forzosa –de la necesidad, virtud– al becerro dorado.
Pienso ahora que hay dos estadíos en la fe eclesial. Al principio, tras la ceguera de la primera conversión, o el primer entusiasmo, todo lo eclesial, lo jerárquico, se percibe como prístino e intocable, frente a los sucios caminos del mundo y sus poderes. Y cuando aparece el escándalo, éste lacera como un látigo que hiciese tambalear la fe. Pero quizá haya otro momento, al que sólo se accede tras cierta catársis (algo se le dijo a Nicodemo), en que se ven estos escándalos, esta ausencia de Dios de los "hombres de Dios", casi como necesarios. O al menos, inevitables. Aunque sospecho que para entrar en posesión de ese segundo estado haga falta una verdadera conversión, una inmersión en la oscuridad, el desapego total de todo lo "idolátrico": entusiasmo por el Papa, por los "fundadores", por los objetos de culto, con lo "comunitario", lo "eclesial", todo ese orgullito interior por ser "de los buenos".
Dijo Ratzinger cierta vez que, a lo largo de la Historia, cuando la Iglesia no ha sabido renunciar a sus riquezas y su poder, le han sido arrebatadas por la fuerza. Quizá ocurra lo mismo con este fenómeno. Si le otorgamos atributos divinos al mensajero, el Cielo permitirá que lo veamos romperse. Como si el velo del templo no dejara de rasgarse por la mitad, una y otra vez. Quizá sea una vertiente –esperanzadora, al cabo– de lo que dijo el Maestro: Yo estaré con vosotros hasta el fin de los tiempos. Esperanzadora, pero difícil. Que se lo digan a ese pobre legionario de Cristo, o a la Madre Du Mesnil.
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