viernes, 5 de diciembre de 2008

Ídolos

"Es del todo punto inútil y absurdo decir a un hombre que no debe bromear con los temas sagrados. Y es inútil y absurdo por una razón muy sencilla: porque no hay tema que no sea sagrado. Cada instante de la vida humana es trascendental. Cada paso, cada movimiento de un dedo posee una importancia tan enorme e incluso tan horrible que cualquiera podría volverse loco con sólo pensar en ello. Si está mal bromear con nuestro lecho de muerte, también ha de estar mal bromear con la empanada de ternera, pues, si la perseguimos con demasiada devoción, puede tener mucho que ver con que acabemos en él. Si está mal bromear sobre un hombre moribundo, también lo estará bromear sobre un hombre cualquiera, pues todos estamos muriendo con mayor o menor rapidez". Y sigue, a su estilo, Chesterton.

Con esta cita de la recopilación de artículos que ha publicado Ediciones Espuela de Plata (marca blanca de Renacimiento), me viene a la cabeza la idea del cristianismo como un ateísmo. Así debió parecérselo a los gentiles que recibieron el Kerigma, pues ese dios desconocido del Aerópago que Pablo señaló, y que aún no conocían, vendría para desbancar a todos los demás dioses. Y, progresivamente, con la extensión del cristianismo, se sucedería una lenta secularización de todos los órdenes de la existencia. "No llaméis señor a nadie en esta tierra, pues uno sólo es vuestro Dios y Señor". En el momento cúlmen de la Pasión, el velo del templo de Jerusalem se rasgó en dos mitades, dejando expedito el camino al sancta sanctorum para todos. Con la Encarnación, ya no hay cosa sagrada. Es decir, ya no hay algo más sagrado que lo demás, pues todo lo es. Toda la realidad es sacramental, y el universo un inmenso tabernáculo. Y resonando en el aire brama el sermón de la montaña, diciendo para conocimiento de todos que a partir de ahora lo más sagrado que existe es nuestro prójimo, el más cercano, y en especial el más desvalido. Se podría decir (y se dice): con la excepción de la Eucaristía. Pero la Eucaristía es la acción de gracias por la Revelación del Padre en el Hijo, a través del Espíritu, y lo que el Hijo vino a comenzar es el llamado Reino de Dios. Y el Reino de Dios lo esbozó Jesús en el sermón de la montaña: estos, mis hermanos más pequeños.
El proceso que desencadena el cristianismo de derrocamiento de ídolos alcanza, ha de alcanzar, también a los ídolos inmateriales, a la imagen que tenemos de los otros, de nosotros mismos. Incluso a la propia visión que tenemos de la "práctica" de la fe, que necesita, más que ninguna otra cosa, ser desenmascarada continuamente como falsa, para construirse de nuevo. Quizá por eso leemos, discutimos, pensamos: porque nos inquieta la sospecha de que adoramos a ídolos.


P.S: Y no me refiero al concepto de desprecio del mundo, o de las criaturas, con el derrocamiento de la idolatría. No tienen nada que ver. De hecho, normalmente el mejor modo de no tomar algo por un dios es estrecharlo tan fuertemente contra el pecho que, al final, se rompa. Pero antes hay que estrecharlo. Nada en este mundo es suficientemente apreciado por nosotros, de hecho, la Parusía podría imaginarse como un resplandor que no sólo provendría del Esposo que llega, sino del cántico de las criaturas todas que presienten su cercanía, aparecidas por primera vez a nuestros ojos con todo su valor, con todo su peso (San Agustín decía que el amor era el "peso" (pondus) del Universo). Y esta idea de lo inagotable de cada cosa, de cada criatura, y de que la regeneración de un hombre produce una mayor capacidad para apreciarlas, es una de las vetas profundas de la obra de Chesterton (anterior a su conversión, como se ve en la cita más arriba, que es de un artículo juvenil).

3 comentarios:

Suso Ares Fondevila dijo...

Hacemos un ídolo del mismo Dios en la medida que lo hacemos "nuestro Dios", un Dios ya comprendido y por eso domesticado, aniquilado. Hay que practicar el ateísmo con respecto este Dios que rebajamos a la medida de nuestra cabeza. Si estamos abiertos al camino de un crecimiento en la fe, el mismo Dios se encarga de borrar de nuestra cabeza la imagen de él, fabricada por nosotros, que lo ha desbancado. Así, el camino de la fe, del crecimiento espiritual, es un camino de fe en fe, de Dios en Dios, hasta que ya no tengamos más imagen de Dios que la que es propiamente suya: Jesús,su Hijo, por eso su Imagen y Figura, ya no imaginada por nosotros sino salida del seno del Padre.

Máster en Nubes dijo...

Con permiso, y si se puede.
Gracias por este blog, es muy interesante. Si se permite comentar y sin tener ni idea...

Reconocer algo como ídolo, derrocarlo y volver a buscar. Proceso contínuo, incómodo, porque a veces se está relativamente cómodo con los ídolos, especialmente los inmateriales.

Gracias.

Alejandro Martín Navarro dijo...

¡Qué pedazo de entrada, de cita, y de comentarios!

Y viene estupendamente para enlazar con lo que discutíamos al final sobre el asunto del pecado...

El tema da para libros. De hecho, es la idea de Vattimo y otros autores, que llevan años insistiendo en que lo más genuino del cristianismo tiene algo de ateísmo: el verdadero Dios está siempre por encima de toda imagen, de toda certeza, de toda conclusión. Suso lo describe de un modo muy hermoso. Y Aurora ve muy bien que los ídolos inmateriales son especialmente peligrosos: son más difíciles de destruir.