miércoles, 10 de diciembre de 2008

La Razón que se abre al Misterio II

Creo que en algún lugar dice Scheler que la hazaña del pensamiento especulativo moderno no ha sido sino ésta: que la filosofía dejase de ser la doncella predilecta de la teología para convertirse ahora en la importuna y malquerida sierva de la ciencia natural. Pero las cosas han avanzado mucho y la graciosa sentencia de Scheler se nos queda corta. La filosofía ha conseguido el portento de hacerse su propia esclava, rehén de sí misma, sin por eso arañar un ápice de señorío. Sí, desde que la verdad es una reclusa reaccionaria, la filosofía se autoexamina, se espulga, se remira y deconstruye... para quedarse al fin con la triste y reiterativa nada que fue su inicial basamento ¿Por qué? Porque teme la alteridad impositiva e irreductible de las cosas, porque ha confundido la luminosa verdad en que se entrega el ser con la certeza que se conquista en un acto de furtivo pillaje. Sencillamente no sabemos recibir, hemos olvidado la gratuidad. La razón se ha convertido en una febril operaria: conecta, desconecta, vincula, supone, deduce, refuta...Hay que dar un paso atrás, hay que esperar y contemplar. La atención es fundamental (releamos a Simone Weil), la atención es el silencio orante de la inteligencia. Es una facultad que roza lo sobrenatural. El sujeto se vacía por completo de sí y se anonada en el objeto que le sale al paso. No sólo ve el objeto, estremecido intuye su “salir al paso”, su estar aquí y ahora, su ser ante mí humilde y gallardo. Entonces brota del corazón un amor por todo cuanto es mínimo y simple, un amigable impulso de solidaridad con lo creado que imperceptiblemente conduce al Creador.

6 comentarios:

Suso Ares Fondevila dijo...

Frente a la razón seca del racionalismo positivista, mi amigo Alfonso reivindica una razón húmeda. La primera, por seca, deseca y convierte en páramo todo lo que toca. La segunda, la de verdad, la del hombre carnal, por húmeda, lubrifica, humedece, empapa y se empapa de las cosas: riega la realidad y se deja regar por ella.

Jesús Beades dijo...

O sea que, deshaciendo un ovillo, hemos de olvidar el comtemptus mundi, y elegir el camino contrario: el "apego a las criaturas" (que en realidad no lo es), como camino hacia su origen.

Recuerdo ahora el poema central de la obra de Enrique García–Máiquez, titulado "Sin fin":

"Nunca se acaba de leer un libro
ni de mirar la luna.
Amar a una mujer no tiene fondo ¿Quién contempló una rosa
-esa flor tan efímera-
hasta el final? La abandonamos antes.
(...)
Sólo el aburrimiento o el cansancio son muerte.
La vida es ese libro interminable."

Alejandro Martín Navarro dijo...

Creo, Antonio Javier, que el estado actual de la filosofía no se reduce a un simple rechazo a “la alteridad impositiva e irreductible de las cosas”, sino que tiene que ver con su propia historia: especialmente con la historia de su vaciamiento que empieza en la modernidad.

Reducir el estado actual de la filosofía (la famosa “muerte de la metafísica”) a una especie de “voluntad" de abolición de lo real no me parece justo ni preciso. Y “dar un paso atrás” tampoco me parece tarea fácil, por mucho que, planteado tan bellamente como tú lo haces, semejante proyecto pueda resultar atractivo. ¿Cómo propones ir más atrás de la deconstrucción, de Heidegger, de los filósofos de la sospecha, de Kant...?

Antonio dijo...

¿Qué tal Alejandro? Tengo poco tiempo y te diré solo algunas palabras sobre tema tan complejo. Luego podremos tratarlo más por extenso. Digamos que, sustancialmente, me identifico con una fenomenología realista que recoge la herencia de Aristóteles y Sto. Tomás. Por otro lado, procuro conjugar esta perspectiva con la del personalismo comunitario.
Vamos al asunto.
Tenemos que retomar aquella bella y riquísima sentencia de Aristóteles: "el alma es, en cierto modo, todas las cosas" (De Anima) ¡Fuera las interpretaciones simplistas del Estagirita! El intelecto es, en su misma constitución, el lugar de las formas. Se define por su intrínseca apertura al ser. Lo que hay en el intelecto no es una desvaída representación de la cosa, es la cosa misma en tanto que inteligible, es la forma misma que se recrea y revive en el intelecto. Por eso "el acto del intelecto es vida" (Metafísica). Este es el punto de partida, el origen que no debemos olvidar. En fin, no tengo ahora tiempo, ya continuaremos.

Antonio dijo...

En mi entrada se establecía también una diferencia (quizá en el texto queda expuesto de un modo dialéctico, en oposición, lo cual es inexacto) se diferenciaba, decía, entre verdad y certeza ¿Por qué? La verdad es don, es la luminosidad del ser, internamente inteligible y en consecuencia constitutivamente dirigido al intelecto (porque procede del Intelecto). En la búsqueda de la certeza predomina, en cambio, una actitud previa de sospecha, una visión esquiva y angosta de la realidad. Prevalece el temor, la cautela, la precaución. Pero quizá esta actitud nos predispone a encerrarnos en nosotros mismos e impermeabilizarnos frente a esa "radiación de sentido" que de las cosas procede. Por eso hablé antes de fenomenología, y de fenomenología realista, dirigida a la contemplación del ser. Y cuidado, he dicho del ser y no sólo de la esencia. Cabe una epojé del eidos con el fin de rescatar la peculiaridad del actus essendi, o sea, una fenomenología inversa, que no neutraliza la existencia sino que la coloca en primer plano. Eso hizo el Aquinate. Estoy deseando leer a Patocka y ver qué es eso de la fenomenología a-subjetiva que él propone. Hay nombres en España que nos pueden ayudar a reformular la gnoseología de Aristóteles como metafísica del conocimiento: Canals, Polo, LLano, Inciarte. Por otro lado, no olvidemos la fenomenología francesa de la donación pura (Marion). Es un tema complejísimo, que va al fondo de la filosofía y la teología.

Alejandro Martín Navarro dijo...

Sí, es un tema complejísimo, pero es EL tema. Posiblemente, una sucesión de comentarios a una entrada no sea el lugar más idóneo para profundizar.

Pero hasta que nos reunamos en una taberna sevillana estas Navidades, déjame apuntar algo más: la cita de Aristóteles ("el acto del intelecto es vida") es acojonante y tiene muchas lecturas. Pero el concepto de una fenomenología realista me parece algo confuso, porque no concibo fenomenología sin reducción fenomenológica, y por tanto no veo en qué se diferenciaría lo que tú propones de un realismo clásico. Y en ese caso sigo sin ver cómo soluciona la objeción de Kant, sin ir más lejos.

Yo creo que la cuestión del conocimiento no puede resolverse en los márgenes de la historia de la filosofía. La neurociencia ofrece datos sobre el funcionamiento de la conciencia, que la filosofía debería estar tener en consideración, no como "ancilla", pero sí como humilde buscadora de la verdad... La cuestión es qué es la conciencia, cómo funciona y cómo se relaciona con eso que llamamos "realidad". Si no sabemos qué es la conciencia y cómo funciona -y hoy por hoy no lo sabemos-, no sabemos casi nada. Recomiendo el libro "La naturaleza de la conciencia", de Dennet y otros, para ver hasta qué punto está enmarañado el debate sobre este tema en la ciencia y la filosofía contemporáneas.

Por mi parte, me cuesta concebir que en mi intelecto esté la cosa misma, salvo en tanto imagen elaborada por un órgano limitado llamado cerebro. Lo que ocurre es que, por elementales razones de adaptación, eso que mi mente produce tiene una cierta correspondencia con la realidad. Y establecer la forma exacta de esa correspondencia parece bastante difícil, porque requeriría ir más allá de la conciencia.

¿Reunión de tabernarios entre Navidad y Año Nuevo para solucionar el problema del conocimiento y, de paso, de la teología? :-)

Un abrazo