jueves, 11 de diciembre de 2008

La Razon que se abre al Misterio III

El misterio es la razón elevada a su enésima potencia. El misterio es la sobreabundancia desbordante del logos. Por eso la razón es más plenamente ella misma cuando se confronta con el misterio. La razón no combate por ganarle espacio a una instancia hostil; ahonda en su seno, profundiza en su entraña y percibe cómo se trasciende a sí misma. Su centro, el punto al que se dirigen sus múltiples tentativas y experiencias dispersas, está a la vez dentro y fuera de ella. Por eso la razón puede reconocerse en el misterio aun cuando advierta allí un límite que no puede franquear. A la luz del misterio la razón puede entender por sí, en el ámbito natural, realidades que posiblemente le estarían vedadas si sólo fuese razón. Creo que esto es, con todas sus insuficiencias, un argumento favorable a la fe. No quiero negar ni difuminar la diferencia entre lo natural y lo sobrenatural. Pero hemos de tratar de evitar la imagen de los dos pisos, arriba y abajo, separados de por sí y unidos por una sencilla escalera. Hay, me parece, una dinámica interna de la razón natural que la empuja a sobrepasarse y vencerse. Hay, a su vez, en la luz de la fe un reencuentro de la razón natural consigo misma. Tal vez la razón sin la fe siempre esté por debajo de sus posibilidades naturales. La naturaleza plena sólo se daría, barrunto, inserta en la sobrenaturaleza, internamente orientada a la sobrenaturaleza ¿Habríamos llegado los occidentales a nuestra noción metafísica, ética y jurídica de persona sin la constante revisión del misterio trinitario en la tradición cristiana? ¿Hubiera podido nacer nuestra ciencia, nuestra técnica, sin la fe de Israel en la creación de la nada por la Palabra, sin la hiperconcentración de todo poder numinoso en el Dios único y trascendente? La Biblia ha sido y es la gran potencia desmitificadora, desacralizadora, que conoce la historia ¿Los maestros de la sospecha? Por favor, relean a los profetas y no encontrarán crítica más mordaz de la superchería religiosa.

4 comentarios:

Jesús Beades dijo...

Una conclusión apabullante. Sucede que nuestro mundo no confronta el ¡Escucha, Israel! con el confuso Olimpo y la jungla espesa de divinidades enfrentadas, como los oyentes de Pablo de Tarso en el Aerópago. Escuchan el kerigma en medio de un bostezante ateismo horizontal, en una sucesión de objetos vertiginosa e insatisfactoria, del que se ha expulsado –pero se añora– la trascendencia. ¿Cómo avivar esa añoranza de trascendencia? Lo primero que pienso: por las artes y las humanidades.

Suso Ares Fondevila dijo...

"Y el árbol de la Gracia y la naturaleza / han ligado sus troncos con nudos tan solemnes, / han confundido tanto sus destinos fraternos / que el mismo jugo tienen y la misma estatura" (Charles Péguy)

El misterio no como lo irracional -contra la razón- sino como lo suprarracional -más allá de la razón y por eso su consumación.

Me saco el sombrero ante tan profunda, exacta y maravillosa reflexión.

Antonio dijo...

Agradezco a Suso sus palabras y los hermosos versos de Péguy. No creáis que no me ha dado algún quebradero de cabeza mi última entrada. Sin ser teólogo ni de lejos, siempre me asalta el escrúpulo de si soy impreciso o hasta herético en mis afirmaciones. La cuestión era: ¿es concebible una naturaleza pura, clausurada y cerrada sobre sí misma y que es ajena al influjo vivificante de la gracia? ¿Es el concepto de naturaleza sólo una noción "de iure" pero imposible "de facto" porque la criatura siempre es sostenida y envuelta por la gracia? Conviene recordar los sufrimientos y dificultades que esta cuestión trajo al pobre Henri de Lubac durante el pontificado de Pío XII. La obra creo que se llamaba sencillamente "Sobrenatural". Hasta pronto.

Alejandro Martín Navarro dijo...

Me parece que es la mejor entrada de la “trilogía”, Antonio Javier. Me alegra mucho tenerte en la taberna. Lo que dices sobre la dinámica de la razón es verdad: me recuerda a la crítica que hacen los románticos a la razón entendida como instancia última y autotransparente. La razón, al desplegarse, siempre deja tras de sí algo que la trasciende y sobre lo que tiene que volver. Y ese movimiento es el que evita su estancamiento. Por eso decía Platón que conocer es recordar: volver tras los pasos de eso que ha escapado a la razón y queda como “misterio”, por decirlo con las palabras que tú usas.

Y lo que dices al final también es cierto. No sólo en sentido histórico (la razón occidental es un producto de la fe monoteísta), sino ontológico: la razón, aun secularizada, no es otra cosa que la prohibición mosaica de los ídolos, la impugnación de todo aquello que pretende erigirse en absoluto sin serlo. Von Balthasar explica esto muy bien en "El Todo en el fragmento". A ver si lo busco y lo meto un día en una entrada.